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domingo, 14 de noviembre de 2010

EDICIÓN No. 27

La edición No. 13 del periódico universitario Paréntesis que, con la dirección de Luis Alfonso Mena S., editan los estudiantes del Énfasis en Periodismo de Comunicación Social de la Universidad Santiago de Cali, USC, empezó a circular el viernes 12 de noviembre de 2010, con completa información sobre los problemas que afronta la USC, además de historias, opinión y excelente material gráfico. En esta edición de ¡PERIODISMO LIBRE! se reproducen varios textos publicados en Paréntesis y se presenta un reportaje gráfico del proceso de producción de este medio alternativo e independiente.
ÍNDICE

1. Análisis. Los problemas de la Santiago
En la USC, crisis de representación
-- Por Luis Alfonso Mena Sepúlveda

2.- Análisis. ¿Qué pasa en la Santiago de Cali?
Vigencia de la acción colectiva en la USC
-- Por Ildebrando Arévalo Osorio

3. Editorial. Paréntesis publica su edición No. 13
La importancia del periodismo independiente
-- Por la Redacción de Paréntesis

4. Noticia. El proceso de producción de Paréntesis
Así se hace un periódico alternativo
-- Por la Redacción de ¡Periodismo Libre!

5. Ponencia. Foro en la Universidad del Valle
Los periodistas, los medios y el conflicto colombiano
-- Por Luis Alfonso Mena Sepúlveda

6. Análisis. El constitucionalismo pre-republicano
Otros aspectos del Bicentenario
-- Por Alberto Ramos Garbiras

7. Análisis. Pobres pagan estragos del desarrollo
Ferocidad del capitalismo, más fuerte que las avalanchas
-- Por Carlos Alfonso Victoria

8. Columna libre. La sanción contra Piedad Córdoba
Colombia, país de hipócritas
Por Luis Alfonso Mena Cárdenas

9. Opinión. El conflicto armado en Colombia
Más inversión para la guerra, menos en lo social
-- Por Luis Carlos Lozano Ospitia

Jueves 25 de noviembre: presentación de Descifrando huellas.
Lugar: Salón Madera del Centro Cultural de Cali (Carrera 5 No. 6-05).
Organiza: Feriva S.A.
 Hora: 7:00 p. m.
 Entrada libre.

1. Análisis. Los problemas de la Santiago de Cali

En la USC, crisis de representación

El cogobierno, ganado por estudiantes, docentes y trabajadores universitarios en arduas jornadas de lucha en décadas pasadas, no debe ser una fórmula insustancial ni una consigna demagógica: debe ser un reconocimiento permanente de la democracia dentro de la institución. Y ello es lo que hoy está fallando.

Por Luis Alfonso Mena S. (*)
Lo que demuestran las recientes protestas escenificadas por parte de estudiantes y profesores en la Universidad Santiago de Cali, USC, es la crisis del sistema de representación existente en la institución, cuya máxima expresión es el Consejo Superior.

Éste se ha caracterizado por ser un órgano excluyente, al que pocos que no sean consejeros tienen acceso y cuyas decisiones, de acuerdo con quienes conocen ampliamente su funcionamiento, ya están predeterminadas por otras instancias con intereses muy definidos.

Así, el nivel de deliberación y controversia que debe caracterizar a un organismo de elección popular, como lo es éste, se incumple, y la oposición es aplastada, pues es conocida la hegemonía de una sola fuerza dentro del Consejo, que copa a la gran mayoría de los representantes de los diferentes estamentos.

Resulta paradójico, por ejemplo, que un organismo con tan alto número de integrantes (130 para una población no mayor de 15.000 estudiantes y docentes) no tenga los mecanismos para facilitar el acceso de alumnos, profesores y trabajadores a sus deliberaciones.

En cambio, para establecer un paralelo, el Senado de la República (integrado por menos miembros, 102, aunque representante de nada más y nada menos que de 44 millones de personas) permite la presencia de cualquier ciudadano en sus debates.

Pero el del acceso de los electores es solo uno de los problemas de este organismo de “cogobierno”. El más grave, a nuestro juicio, es el del incumplimiento de uno de sus roles fundamentales: el control de la Administración de la Universidad, que se debe expresar en la amplia discusión de sus propuestas y no en la toma de decisiones diseñadas de antemano.

Ante el unanimismo interior, los miembros del Consejo Superior deben dar cabida a las voces que desde el exterior del mismo formulan reclamos y plantean ideas sobre los males que afectan a la Universidad, no desdeñarlos a priori.

El organismo perdió su esencia: ser espacio para la discusión de los problemas del alma máter, y por eso estudiantes y profesores se ven obligados a recurrir a otras maneras de hacerse oír y sentir.

Las protestas, los mítines, los pronunciamientos públicos, las asambleas son escenarios legítimos (y, además, constitucionales) para decir lo que no se quiere escuchar en el Consejo Superior y en otros organismos de puertas cerradas.

Los estudiantes urgen que sean atendidos reclamos legítimos en materia de costos de matrículas, de parqueaderos y de canchas deportivas, lo mismo que sobre calidad académica y mecanismos verdaderamente democráticos de representación.

Los docentes, por su parte, reclaman, entre otros ítems, que se solucione de una vez por todas la falta de servicio médico, que no se presta por parte de la mayoría de las EPS porque, aunque la Universidad descuenta muy puntualmente en cada mesada el valor correspondiente a los aportes de los profesores, los pagos no se hacen.

Y, además, piden que se abran los espacios de participación más allá de los círculos cerrados de facultades y departamentos.

El cogobierno, ganado por estudiantes, docentes y trabajadores universitarios en arduas jornadas de lucha en décadas pasadas, no debe ser una fórmula insustancial ni una consigna demagógica: debe ser un reconocimiento permanente de la democracia dentro de la institución. Y ello es lo que hoy está fallando.

(*) Profesor de la Facultad de Comunicación Social de la USC, director de ¡Periodismo Libre! y del periódico universitario Paréntesis.
Foto tomada por James Arias Nieva

2.- Análisis. ¿Qué pasa en la Santiago de Cali?

Vigencia de la acción
colectiva en la USC

Cada vez un mayor número de estudiantes y profesores actúan conjuntamente con un mismo propósito en Asamblea Abierta. Esta es la mejor forma de contrarrestar la inoperancia del actual Consejo Superior. El estudiantado y el profesorado comprenden que lo único que salva a la USC es su urgente democratización.

Por Ildebrando Arévalo Osorio. (*)

Los importantes acontecimientos acaecidos el día 3 de noviembre, iniciados por los estudiantes de la Facultad de Derecho como reacción a las amenazas por una emisora local del presidente del Consejo Superior, Javier Barreto de expulsar fulminantemente a los participantes de la protesta de la semana anterior, tuvieron efectos muy positivos para despertar la tradición de la democracia participativa y la acción colectiva de los estamentos santiaguinos.

Los rumores de un alza desproporcionada de las matrículas fueron el aglutinador de diversas problemáticas, que al transcurrir de la Asamblea estudiantil fueron emergiendo e identificando el malestar de los estudiantes de las diferentes Facultades. Por ejemplo, los estudiantes de Medicina señalaron el hacinamiento en clases y en la práctica con los pacientes, ocho de ellos deben asediar a un enfermo por la mala planeación de la actividad, obteniendo resultados pedagógicos lamentables; los de Publicidad denunciaron que los programas de software que utilizan están obsoletos con relación a los que emplean las empresas publicitarias en su cotidianidad, el programa de software de diseño de alta resolución es subutilizado por un profesor que trabaja Excel, Word y Power Point; los de Ingeniería que no tienen suficientes asientos, quien llega tarde debe salir a otros salones a buscarlos, etc.

La Asamblea se transformó en biestamentaria, pues el profesorado también intervino. Los docentes acusaron a la Administración de retenerles el dinero de salud, pensiones y protección de riesgos; ellos y sus familiares son expulsados de los sistemas de salud; los productos investigativos no se publican por falta de recursos para libros y revistas, sus organizaciones gremiales también son víctimas de la arbitraria retención de sus aportes.

Al analizar las causas de la crisis aparecieron dos explicaciones. Una de ellas, de parte del estudiantado y el profesorado: el modelo perverso con el cual se degeneró la democracia santiaguina y creó un Consejo Superior, CS, con más de 130 integrantes, constituido por una mayoría silenciosa que solo se vuelve locuaz para poner en marcha la aplanadora de los votos a favor de la Administración y para silenciar con “el suficiente ilustración” las discusiones que realmente afectan el interés general de los estamentos santiaguinos y a la ínfima minoría deliberante. La perversidad del modelo hace metástasis en el clientelismo que infla las nóminas para garantizar la influencia de la Administración nombrando amigos y que organiza circo, como fiestas ah doc para los estudiantes, cuando sus sectores activos se manifiestan, a pesar que hay crisis financiera.

La otra, argüida por el Presidente del CS y por el jefe de Recursos Humanos: el gran déficit presupuestario es culpa de los “1.400” profesores y la Convención Colectiva por la forma en que se redistribuyen los recursos en los salarios y las bonificaciones; es decir, que quienes realmente generan la riqueza en clases, en trabajo de campo, laboratorios, en la escritura de productos investigativos y en la obtención de registros de calidad de los programas académicos son los que quiebran la Universidad.

Después de más de un año de gestión de la actual Junta Directiva, con una retórica que cada vez aparta más las palabras de las cosas, entre la negra noche de los desafueros de la gestión se vislumbra un destello de esperanza. Cada vez un mayor número de estudiantes y profesores actúan conjuntamente con un mismo propósito en Asamblea Abierta. Esta es la mejor forma de contrarrestar la inoperancia del actual Consejo Superior. El estudiantado y el profesorado comprenden que lo único que salva a la USC es su urgente democratización.

(*) Profesor, miembro del Consejo Superior de la USC.

3. Editorial. Paréntesis publica su edición No. 13

Parte del equipo del periódico Paréntesis, momentos antes de una de sus últimas jornadas de trabajo. (Foto: Gabriel Jacobo Mena Cárdenas).

La importancia del periodismo alternativo

El presente texto es el editorial de la edición No. 13 del periódico universitario Paréntesis, ejercicio de periodismo independiente desarrollado por los estudiantes y el docente del Énfasis en Periodismo de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Santiago de Cali.

El 7 de octubre de 1996, en la asamblea número 52 de la Sociedad Interamericana de Prensa en la que Gabriel García Márquez les espetó a los dueños de los grandes medios de comunicación del continente que el periodismo es “el mejor oficio del mundo”, nacería una frase que ha acompañado el ejercicio de una profesión que es arte, vocación, solidaridad, visión de futuro y búsqueda de la verdad.

El periodismo no sólo es el mejor oficio del mundo, sino que también es el oficio con el cual se puede dar voz a los excluidos, a los explotados, a los desposeídos: a los invisibilizados.

Sin embargo, los últimos ocho años en nuestro país estuvieron caracterizados por una intención marcada de homogenización del Estado por parte de la Rama Ejecutiva sobre la Judicial y la Legislativa, patrocinada, sin duda alguna, por los que poseen el poder económico de nuestro país.

Esta intención de la clase dirigente se refleja sin ningún disimulo en los medios masivos de mayor influencia en nuestro país, como lo son los dos únicos canales privados de televisión, los medios escritos más importantes y las cadenas radiales de más audiencia.

Estos medios, de poderosos y para poderosos, manipulan la opinión pública transformándola a su antojo e intereses para mantener una pasividad letárgica del pueblo, que lo domina y le quita su capacidad de crítica y de resistencia en la cotidianidad.

Pero la nación no tiene la culpa. Y es necesario que el liderazgo de criticar y resistir ante la burguesía al mando lo asuman personas que han tenido la posibilidad de educarse y quitarse el velo del rostro, que le muestren a la sociedad que no necesariamente lo que dicen RCN y Caracol es la verdad.

El periodismo independiente es la forma de hacer periodismo libre, sin ataduras bochornosas a intereses particulares que esclavizan y le dan un valor mercantil a la información. Es un periodismo comprometido con una sola razón: la verdad.

El periodismo alternativo configura una nueva opción que muestra la otra cara de la realidad, esa cara que nos ocultan quienes obedecen a grupos de poder y que han dejado a un lado el papel que le corresponde como agentes comprometidos con la sociedad.

La investigación se constituye en una de las matrices de Paréntesis. La independencia y la veracidad son ante todo la base del trabajo ético que realizan sus reporteros.

Paréntesis es un periódico financiado con recursos propios de sus promotores, estudiantes y docente del Énfasis en Periodismo de la USC. Y ello es prenda de independencia periodística.

Sabemos de la responsabilidad que el medio tiene con la sociedad. Y en consecuencia nuestro trabajo se fundamenta en la búsqueda de la verdad.

Por eso hoy decimos, como García Márquez hace 14 años, que el periodismo es el mejor oficio del mundo, pero cuando se ejerce con independencia y buscando la verdad. Ese es nuestro camino. Y nuestra más importante conquista.

4. Noticia. El proceso de producción de Paréntesis

Así se hace un periódico alternativo

El viernes 12 de noviembre de 2010, luego de un intenso trabajo, vio la luz el No. 13 del periódico universitario Paréntesis, editado y financiado en su totalidad por los estudiantes y el docente del Énfasis en Periodismo de Comunicación Social de la Universidad Santiago de Cali, USC.

Ante todo, Paréntesis es un taller de periodismo independiente y alternativo, modalidad de la comunicación social que, entre otras características, tiene como norte la búsqueda de la verdad a través de la investigación a fondo de los problemas que afectan a la sociedad en su conjunto.

De igual manera, procura visibilizar a los actores sociales y los hechos que los medios masivos tradicionales de comunicación ocultan o excluyen, y presentar una visión crítica de la sociedad, en la perspectiva de que ella sirva en el hallazgo de soluciones a sus males fundamentales.

Una de las premisas de las que parte Paréntesis es su independencia de toda forma de circunscripción o limitante, y en tal sentido la autonomía económica es pilar de su ejercicio, pues ella evita las ataduras ante cualquier clase de poder.

Por tal razón, Paréntesis es también un ejercicio de autofinanciación, pues no recibe fondos ni de la Universidad Santiago de Cali ni de ninguna otra entidad, lo cual le permite obrar con absoluta libertad.

El periodismo es precisamente, entre otros factores, el ejercicio libre de la información y la opinión, y con base en estos preceptos generales los estudiantes del Énfasis en Periodismo de Comunicación Social de la USC, bajo la dirección de Luis Alfonso Mena S., desarrollan todo el proceso de producción del periódico.

Este se inicia con las propuestas y planificación del periódico, incluidas las formas de autofinanciación por parte de estudiantes y docente, lo mismo que con la definición colectiva de los temas y los hechos objeto de tratamiento en cada edición.

Participan todos, estudiantes y docente, en el proceso de investigación, redacción, diseño, armada electrónica y edición del periódico. Incluso, también en la impresión en algunos casos, como el del número 13, que requirió de la presencia de los estudiantes en la sede de la entidad donde se imprimió Paréntesis (Impresos Marvi), para ayudar en la encuadernación del mismo.

Las fotos del siguiente reportaje gráfico fueron captadas entre el domingo 7 de noviembre y el viernes 12 del mismo mes, y muestran desde el proceso de edición (redacción y revisión de los textos finales) y de diseño, hasta la impresión, la encuadernación y la ventad del periódico.

El propósito a mediano y largo plazo es tener más regularidad en la publicación, porque esta modalidad de comunicación, la impresa en papel y tinta, sigue vigente y es vital para contrarrestar la imposición de las agendas noticiosas y de opinión por parte los grandes medios masivos de las élites y los grupos de poder tradicionales en nuestros entornos local, regional y nacional.

Las fotos son también producción colectiva de los miembros de Paréntesis.


Etapa de finalización de textos, edición y diseño del periódico, durante el  domingo 7 de noviembre.

La impresión de Paréntesis en la noche del jueves 11 de noviembre y la encuadernación del mismo, el 12.

Paréntesis en circulación, el 12 y 13 de noviembre. La última fase es la de los lectores.

5. Ponencia. Foro en la Universidad del Valle

En la gráfica, Luis Alfonso Mena S. cuando intervenía en el Foro realizado con ocasión de los 35 años de fundación de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle, el jueves 28 de octubre de 2010. Aparecen también Alfredo Molano y Alejandro Ulloa, director de la escuela. (Foto: Ana Susen Cárdenas).
Los periodistas, los medios
y el conflicto colombiano

Reflexión presentada por el autor en el Foro Conflicto y Memoria: Medios de Comunicación y Perspectivas Políticas en Colombia 2010-2014, realizado en el Auditorio Carlos Restrepo con ocasión de los 35 años de creación de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle. Intervinieron, además de Luis Alfonso Mena S., el sociólogo Alfredo Molano y la investigadora social Claudia López.

Por Luis Alfonso Mena S. (*)
Agradezco la invitación a participar en este foro efectuada por el maestro Alejandro Ulloa, a quien conocí en el lejano 1981 cuando él, docente ya, y quien les habla, estudiante aún, nos encontramos en las aulas del Departamento de Comunicación Social y coincidimos en el bello ejercicio de la redacción de textos, ese al que muchos le auguran su extinción dentro de poco tiempo en beneficio del imperio de la oralidad mediática, pero que, estoy seguro, él y yo valoraremos ad infinitum, porque el pensamiento, el conocimiento, la opinión y la información escritos nunca perecerán.

Los años 80 en que se dio ese encuentro marcaron el derrotero de una generación de periodistas formados en las universidades, varios de los cuales hoy ya no nos acompañan, como Adolfo Pérez Arosemena, el filósofo univalluno que cayera asesinado luego de ser cruelmente torturado en 1989 por aquellos que eufemísticamente llaman “fuerzas oscuras”, pero que, de acuerdo con investigaciones de la época que quedaron prontamente en el olvido, fueron los mismos que 20 años después, en otros cuerpos, pero con prendas similares y fines parecidos, protagonizaron el también eufemísticamente denominado drama de los “falsos positivos”.

O como Alirio Mora Beltrán, el agudo y querido periodista con quien laborábamos en un conocido periódico de la ciudad que lleva por nombre el gentilicio de los naturales de estas tierras, y quien al entrar la noche del 19 de septiembre de 1983 fuera acribillado a balazos en las puertas del diario, según se dijo también en aquella época, por “fuerzas oscuras”.

En el caso de Pérez Arosemena, le cobraban su militancia política de izquierda y, seguramente, la osadía de, a pesar de ella, haberse convertido en periodista de radio y de diarios. Las insidias y los actos persecutorios a las ideas contrarias siempre han hecho parte de los comportamientos de los actores de la violencia que ha caracterizado la historia de Colombia desde los albores de la República. Y cobran vidas. Tarde o temprano cobran vidas.

En el caso de Mora Beltrán, no le perdonaron que tuviera en sus manos documentos que comprometían en actos de corrupción a personajes encumbrados que temían ser denunciados por la pluma del periodista palmirano, de cuyo suceso no se volvió a saber y hoy nadie, o casi nadie para ser justos, se acuerda de él, ni siquiera porque uno de los barrios más populares del Distrito de Aguablanca fue bautizado con su nombre.


Otros, como el profesor y periodista Didier Aristizábal, asesinado a tres cuadras de su universidad, la Santiago de Cali, en la noche del jueves 5 de marzo de 1998, hacen parte también de esa larga estela de caídos en el marco de la multiplicidad de factores que componen el conflicto nacional.

Así, pues, los años 80 del Siglo XX, los que siguieron al primer lustro de fundación del Departamento que hoy es la Escuela de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad del Valle, fueron el escenario en el que muchos jóvenes llegaron a los medios de prensa locales y regionales para verter en ellos sus inquietudes políticas, pero principalmente para tratar de servirles a sus comunidades con la investigación y la denuncia. No pocos fueron acallados. Otros se acomodaron. Unos más persistieron…

No vamos a recurrir aquí al expediente trillado de mostrar a los periodistas como héroes. No, simplemente se trata de introducir, desde nuestro escenario, el de la información, una reflexión sobre el trasiego de los periodistas, cuya laborar no se ejecuta en blanco y negro, sino en un espectro multicolor. Muchos de ellos dan la batalla en procura de abrir espacios que hagan visibles a tantos actores de la sociedad que pugnan por hallar soluciones a sus problemas y que a través de la denuncia buscan que los males del país no se multipliquen.

Como digo en mi libro Descifrando huellas, que presentamos el pasado 20 de octubre y en el que intentamos sistematizar una experiencia periodística de tres décadas, “Los periodistas del momento (los de los años 80) nos apasionábamos con los golpes persistentes, sonoros y rítmicos de los tipos en el rodillo de la máquina (de escribir). Cada tecleo era como un puñetazo a tantas injusticias y falsedades que queríamos denunciar y combatir”.

Si logramos el objetivo o fracasamos en él lo dirá el tiempo. Lo cierto es que lo intentamos. Hoy algunos estamos de regreso de esa experiencia refugiados en el periodismo alternativo, luego de andar por los vericuetos de los medios masivos tradicionales tratando de aprovechar sus resquicios, de meternos por los interregnos que dejaban los descuidos editoriales, de superar los filtros de dueños y directores, de hacer valer las osadías que dibujaban los Adolfo o los Alirio o los Didier, hoy desaparecidos como resultado de la violencia que viene de todos lados.

No denostamos de ese ejercicio. Por el contrario. En esos medios bregamos por encender luces. De hecho hoy, otros jóvenes formados en nuestras aulas inician ese camino ya recorrido por quienes en los años 80 andábamos por los pasillos de la Universidad del Valle promoviendo el debate sobre si valía la pena trabajar en los medios de las élites. Hoy el debate ya no es ese.

La experiencia nos enseñó que donde esté, el periodista que entiende su función crítica dentro de la sociedad debería pugnar por cumplirla sin temer a la censura y sin vestirse con el disfraz de la autocensura. Nos enseñó a separar los intereses de los dueños de los medios de los intereses de los obreros que usan las máquinas hacedoras de palabras, de voces o de imágenes. Nos enseñó que ahí estaba el primer eslabón del conflicto. Un conflicto que involucra hasta la vida misma, y que en términos de la ética salta a cada momento de la cotidianidad a manera de dilemas: cómo cumplir la tarea de procurar decir la verdad dentro de una sociedad cada vez más cercada por el discurso hegemónico de los grupos de poder, como eufemísticamente también hoy nos referimos a lo que en realidad deberíamos llamar por su nombre: los oligopolios.
El conflicto armado interno
En primer lugar, partamos del reconocimiento de la existencia del conflicto armado interno y de su caracterización como político y social, a despecho del discurso uribista que en todos los escenarios ha tratado de desvirtuar esa tipificación y ha insistido en la variante de la denominada amenaza terrorista que, además, complementa con el concepto reduccionista según el cual estamos en presencia de unas bandas convertidas en simples carteles de las drogas que hace rato habrían dejado de ser fuerzas insurgentes.

Creo que el papel jugado por los medios masivos de comunicación tradicionales en relación con el conflicto existente desde hace más de cinco décadas en nuestro país ha estado en correspondencia con la pertenencia de la inmensa mayoría de sus propietarios a las clases que han detentado históricamente el mando económico en Colombia, pues más que un cuarto poder, la prensa, entendida como institución global, no como sumatoria de componentes, obra como parte y expresión de ese poder. Como su gran corneta.

Como lo exponemos en nuestro ensayo Las afinidades histórico-políticas de Alberto Fujimori y Álvaro Uribe: En Colombia el factor mediático tiene grandes similitudes con el del Perú de los años 90, pues la inmensa mayoría de los medios está al servicio del discurso único, hegemónico, de una verdad oficial que se irradia desde la Casa de Nariño y para difundir la cual, aunque se guardan las apariencias de “independencia”, los monopolios de la televisión, la radio y la prensa, todos identificados con las políticas centrales del Gobierno, aplican el poder de la presión o la censura abierta.

Los medios entonces cumplen un papel casi de púlpito, desde el que se vitupera a los opositores, pero se bate incienso a favor de las políticas oficiales. El mayor ejemplo de ello está representado en Radio Cadena Nacional, RCN, con circuitos de televisión y radio propiedad de uno de los verdaderos dueños del país, la Organización Ardilla Lule, detentadora del monopolio de los refrescos, las embotelladoras, los ingenios más poderosos y otros medios de comunicación, además de los mencionados, con lo cual se ha configurado un círculo que concentra toda la producción de insumos, envasado y publicidad del pulpo de las gaseosas.

Con un país que, según estadísticas, se informa en un 67% a través de la televisión, el discurso hegemónico tiene garantizado el monopolio también de la información, como lo tenía el poder fujimorista en el Perú, en ese caso por la vía de la corrupción que desacreditó a medios de toda índole que durante años estuvieron al servicio del poder.

En la década de los años 60 Colombia había vivido una etapa sui géneris, por cuanto las élites, en aras de defender el sistema bipartidista que tantos resultados les había dado a lo largo de la historia, decidieron solucionar con un pacto de los partidos tradicionales la crisis causada por la dictadura del teniente general Gustavo Rojas Pinilla (a quien también ellas habían instalado en el poder mediante un acuerdo que procuraba frenar la ola de violencia desatada desde el gobierno de Mariano Ospina Pérez, en 1946, y que había continuado en el del también conservador Laureano Gómez Castro, en 1950). Nació así el Frente Nacional.

Las élites colombiana habían aplicado lo que el politólogo holandés Arend Liphart denomina consociacionalismo, es decir, la forma como sociedades fragmentadas se ponen de acuerdo para mantener la democracia compartiendo el poder. Traducida a buen romance, esta teoría no fue más que la aplicación del consenso entre los dos partidos tradicionales para salvar su régimen bipartidista con la alternación en el poder.

Al respecto se puede ver La democracia en sociedades pluralistas (1977), texto en el que Liphart explica su teoría del consociacionalismo, que no es más que pactos entre las élites, entre socios, entre amigos para evitar la confrontación en espacios conflictivos, divididos, y procurar la cohabitación. Se trata, a nuestro modo de ver, de un pacto en las alturas, como los hechos por los grupos de poder tantas veces en Colombia para preservar sus privilegios ante el avance de los movimientos sociales y de terceras fuerzas.

En el caso colombiano, ese acuerdo fue impuesto a las demás fuerzas políticas con asiento en la sociedad, que resultaron excluidas. Y fue esa exclusión la que dio origen luego no sólo a fracciones rebeldes dentro de los mismos partidos tradicionales, como el MRL, sino a movimientos guerrilleros de todas las tendencias ideológicas, según la fragmentación de la izquierda internacional de los años 60 y 70 del Siglo XX.

Aunque no tuvo éxito en llegar al gobierno, el Movimiento Revolucionario Liberal, MRL, que lideró Alfonso López Michelsen, expresó el malestar de sectores de la misma colectividad “roja” que se sentían excluidos por las élites de su partido en el pacto del Frente Nacional.

Un detallado estudio de la manipulación mediática en ese período es efectuado por el historiador César Augusto Ayala Diago en Exclusión, discriminación y abuso de poder en El Tiempo del Frente Nacional. Una aproximación desde el análisis crítico del discurso.

El estudio toma tres ejes periodísticos de análisis, los editoriales, las noticias políticas y las caricaturas publicadas por el periódico El Tiempo entre 1958 y 1974 (el de duración del Frente Nacional), para demostrar la manipulación desarrollada por el periódico del que ha sido propietaria la familia del actual Presidente de la República y del Vicepresidente del gobierno anterior contra las terceras fuerzas del momento: el rojaspinillismo, posterior Anapo, y el MRL, entre otras.

En el Frente Nacional surgió el mayor número de movimientos guerrilleros en Colombia. Las Farc, el 27 de mayo de 1964, en la operación del Gobierno contra las denominadas “repúblicas independientes” (Marquetalia, Río Chiquito y Guayabero). El ELN, el 4 de julio de de 1964, con el Manifiesto de Simacota, Santander. El EPL, el 17 de diciembre de 1967, en Sinú, Córdoba. Y el M-19, el 17 de enero de 1974, con el hurto de la espada de Simón Bolívar en Bogotá.

Como afirma Jonathan Hartlyn en Política del régimen de coalición. La experiencia del Frente Nacional en Colombia, “el proceso político colombiano ha desconcertado a los pesimistas y desilusionado a los optimistas. Si el pasado reciente es el mejor indicador del futuro inmediato, el proceso de la transformación consonciacionalista, del acomodamiento político, será prolongado, resistido, desigual” (Hartlyn.1992: 291).
El régimen uribo-santista
En consonancia con la teoría de Hartlyn, algunos agentes del bipartidismo, como el liberalismo, que estuvieron por fuera del gobierno de Uribe terminaron buscando ser absorbidos por su sucesor, como única tabla de salvación, antes de desembocar en el retorno a la alternación que ahora aparece en crisis por lo “resistido” del actual régimen. Este, en vez de bipartidista, ahora es simplemente uribo-santista y avanza en el camino de configurar, con su archipiélago de grupos, movimientos y partidos uribistas, un PRI a la colombiana.

Esa es la perspectiva del Partido de la U, que busca con el liderazgo de Álvaro Uribe una hegemonía dentro del espectro político de la derecha y el centro derecha, al estilo del Partido Revolucionario Institucional, el viejo partido de la élite mexicana que detentó el poder por espacio de 71 años, desde 1929 hasta 2000, cuando perdió las elecciones presidenciales con el Partido Acción Nacional.

Una visión más contemporánea, la del español Martín Santiváñez Vivanco, se aproxima a la anterior en su texto Álvaro Uribe: un Fujimori en Colombia, escrito en 2004. Santiváñez sostiene que “el sólido bipartidismo ha sido desafiado por un tecnócrata neoliberal que cuenta con el respaldo de Estados Unidos y de la oligarquía local” y agrega que “Uribe es el último paladín de una derecha popular latinoamericana que ha perdido respaldo ante la ola progresista…”.

Pero concluye, para desazón de quienes querían a Uribe para siempre en el mando: “El poder de los partidos históricos colombianos es enorme y su influencia imposible de erradicar. La historia colombiana nos enseña que sólo temporalmente las élites partidistas han buscado la alianza con los caudillos populistas, para luego desprenderse de ataduras autoritarias y retornar a la convivencia, al pacto institucional y los gobiernos de coalición” (Santiváñez. 2004).

Es, ni más ni menos, el nuevo pacto denominado por Santos Acuerdo de Unidad Nacional. Allí recaló el liberalismo, ávido de burocracia, y también los partidos uribistas, incluidos Cambio Radical, el conservatismo y el PIN, aunque siga entrando por la cocina.

Lo cierto es que aquel proceso que buscaba iniciar el desmonte de 55 años de conflicto interno (si lo situamos desde 1946, cuando comienza el periodo conocido como de La Violencia con el arribo al gobierno de Mariano Ospina, y lo dejamos en 2001, cuando lanza su candidatura presidencial Álvaro Uribe), tuvo desinteligencias y grandes enemigos desde su nacimiento.

De un lado, en la guerrilla predominaron las posiciones militares sobre las políticas y ello derivó en una sobrevaloración del momento, que al parecer las Farc visualizaban casi como un preámbulo insurreccional y por lo tanto dilataron las conversaciones sin que fructificaran los acuerdos, mientras incurrían en actos que contrariaban la necesaria detente de un proceso de paz en marcha.

Entre tanto, desde el otro extremo, el de la ultraderecha estatal, civil y paramilitar, se disparaban los esfuerzos para desacreditar el proceso con la maximización de todo cuanto ocurría dentro de la llamada Zona de Distensión, creada para el desarrollo de las conversaciones, y en los medios de las élites se hacían esfuerzos permanentes por inflamar más hogueras.

De esta forma, en la opinión pública se generalizó una percepción negativa del proceso de paz, que finalmente fracasó. Uribe tomó la fotografía del momento y sacó miles de copias. Sus réditos electorales se multiplicaron: era el único de los candidatos que desde 2001 se oponía abiertamente a los diálogos.

Identificar el foco central, luego de tomar la foto del instante, fue lo que hicieron Uribe en Colombia y Fujimori en el Perú, con casi diez años de diferencia. Los dos definieron como el eje de sus gobiernos el combate a los grupos guerrilleros más fuertes, abandonando el énfasis en problemas estructurales en el orden social, que fueron dejados para el frente asistencialista, el cual permitía, al mismo tiempo, irrigar redes clientelares con miras a futuras reelecciones en ambos casos.

Uribe, como Fujimori, promovió mecanismos denominados de autodefensa que derivaron en grupos paramilitares responsables de torturas, masacres, desapariciones forzadas, secuestros y desplazamientos. Las rondas campesinas de Fujimori y las Convivir de Uribe, patrocinadas de manera decidida durante su gestión como gobernador de Antioquia en la década de los 80, nos muestran su proclividad a la acción de actores civiles armados en el enfrentamiento a las fuerzas insurgentes.

En el caso peruano, como lo señala Cristina de la Torre en su libro Álvaro Uribe o el neopopulismo en Colombia, “las rondas campesinas fueron el ingrediente básico de la estrategia antisubversiva que terminó por desarticular a la guerrilla maoísta en el Perú. Por medio de ellas, un sector significativo del campesinado se incorporó directamente al conflicto armado” (De la Torre. 2005a: 37).

Aunque desde el punto de vista ideológico, organizativo y operacional eran movimientos muy distintos, las Farc, en Colombia, y Sendero Luminoso, en Perú, tenían en común la pérdida de popularidad en sectores grandes de la población. Así que combatirlos se volvió la tarea central de Uribe y Fujimori, y cabalgar sobre ellos redundó en más popularidad. Así, las guerrillas se volvieron una necesidad del círculo gubernamental en un país y en el otro, porque cada éxito en el combate contra ellas significaban puntos de más en las encuestas.

Ganar el respaldo de los altos mandos, adversos allá y acá a acercamientos de paz, no fue tarea difícil. Y de la mano llegó el redoblamiento de la ayuda extranjera materializada en el Plan Colombia, firmado con Estados Unidos durante el gobierno de Pastrana.

Los altos mandos de las dos Fuerzas Armadas cerraron filas en torno de Uribe y Fujimori y se convirtieron en respaldos solidarios, pero cuestionados en materia de derechos humanos por excesos y violaciones de los mismos. En suma, ambos usaron la guerra como mecanismo de manipulación para unificar al electorado.

Por otro lado, el contexto internacional del ascenso de Fujimori y el posterior de Uribe resultó un caldo de cultivo para sus gobiernos autoritarios, pues el primero llegó en pleno derrumbe del mundo socialista (1989-1990) y del inusitado despliegue del neoliberalismo que se erigía como la fórmula del capitalismo triunfante sobre las ruinas de la mayoría de los estados socialistas que antes combatió con intensidad y ahora caían como fichas de dominó en Europa (mas no el sudeste asiático ni en Cuba).

El analista Isaac Bigio lo resume de la siguiente forma: “Fujimori logró destruir a la izquierda subversiva y a la legal aprovechándose de la guerra que entre sí ambas tenían. También se benefició de una coyuntura mundial donde se desplomaba el bloque soviético y EE.UU. imponía su modelo en todos los países de América Latina y de Europa. (Mientras tanto) Uribe se catapultó gracias a que tras el 11-S-2001 crecía la moda de seguir a Bush en la ‘guerra antiterrorista global’” (Bigio. 2009).

Hoy, con Obama en el poder, las relaciones no varían sustancialmente en materia internacional, porque su procedencia racial no es garantía de cambios en el comportamiento imperial del gobierno estadounidense hacia Irak, Afganistán, Pakistán, Yemen, Oriente Próximo, Venezuela, Cuba...

Y con Santos, a pesar de algunas puntadas diferenciadoras, todo indica que se mantendrán las líneas estratégicas del régimen instaurado por Uribe. Éste no ha regresado: sencillamente no se ha ido, y está en la práctica de jefe del Partido de la U y dispuesto a cogobernar para garantizar la continuidad de su políticade seguridad democrática.

Una forma de cogobernar podría ser ganar la Alcaldía de Bogotá. Arrebatarla al Polo Democrático tendría el doble significado de derrotar a la izquierda en la principal ciudad del país y de disponer de un escenario ejecutivo de enorme alcance paralelo al del poder central. Por ello, no es gratuito todo lo que pasa en relación con la actual Alcaldía, la de Samuel Moreno. Todo indica que está en marcha una estrategia para desacreditar la gestión de gobierno de la izquierda y facilitar aún más el nuevo espacio de poder efectivo de Uribe, el mismo que le permitirá el cogobierno.
Negociación política, única salida
Los secuestros se convirtieron en el principal error de la guerrilla, pues no solo condujeron a su aislamiento, sino que acrecentaron la percepción en la ciudadanía de que se trataba de un movimiento deshumanizado y sin contenido político, circunstancia que los medios se han encargado de amplificar.

Con todo, y a pesar del descrédito de la guerrilla por sus prácticas violatorias de derechos humanos, el conflicto colombiano no tiene otra salida que la negociación política. Los sucesivos gobiernos de Uribe y Santos le apostaron y a su derrota. Sin embargo, la experiencia histórica ha demostrado que, por sobre la desaparición de los líderes, jefes o caudillos, los movimientos insurgentes derivan de condiciones sociales y económicas en las geografías de su influencia que conducen a su reproducción.

Así, pues, los golpes infligidos a las Farc seguramente las han debilitado, pero no las han derrotado. Su germen está ahí, tanto en el plano social como en el de sus estructuras. Las élites colombianas, empero, creen en la derrota. Nunca antes las guerrillas colombianas había perdido tanto espacio.

El predominio en ellas de las tendencias militares la introdujo en el pantano y no le permitió visualizar las posibilidades que se derivaban de los espacios abiertos durante el gobierno de Pastrana. La guerrilla no supo sobreponerse a la forma soterrada como desde el otro lado la ultraderecha apostaba por el fracaso del Caguan. Cayó en el juego y perdió una oportunidad política histórica.

Hoy, como lo han dicho Fidel Castro y el presidente Hugo Chávez, el camino no es el de la lucha armada. Ello implicaría para las Farc una revaloración de la situación colombiana, la adopción de decisiones políticas antes que militares que conduzcan a contrarrestar el ostracismo en que se hallan y a posibilitar salidas negociadas con alcances sociales estructurales.

Pero no hay motivos para ser optimistas en relación con esto. No sólo porque en las mismas fuerzas insurgentes se perciben aún fuertes tendencias militares, sino porque en el país hay una ultraderecha envalentonada que no admite ni un ápice de diálogo y, menos, de negociación, una posición que encuentra fuerte respaldo en no pocos medios de comunicación.

Los crímenes de lesa humanidad deben recibir el rechazo de todos vengan de donde vengan. Y aunque es innegable que desde algunos medios ha habido aportes significativos en el desenmascaramiento del fenómeno paramilitar, y hoy en la mesa de este foro hay dos periodistas evidencia de ello, también es indudable que el comportamiento mediático respecto de los actores de la violencia en nuestro país ha sido diferenciado.

Un caso paradigmático de lo anterior se reflejó en el papel de la gran prensa con ocasión de las protestas del 4 de febrero y del 6 de marzo de 2008, la primera contra las Farc y la segunda, contra el paramilitarismo y los crímenes de Estado.

La diferenciación fue clara: mientras para la primera protesta todos los medios cerraron filas, la publicidad sobró y la información tuvo magnitudes enormes, para la segunda el compromiso escaseó, el perfil del reclamo se diluyó y finalmente la repercusión fue mucho menor.

Ello hace parte de una percepción predominante en la sociedad colombiana de hoy, en la que a pesar de las profusas investigaciones y condenas en contra de parapolíticos, prevalece una cierta indiferencia ante los crímenes del paramilitarismo.

En Colombia el fenómeno paramilitar adquiere ribetes monstruosos, con crímenes atroces confesados por jefes y soldados ‘paras’ en una cantidad que supera los 30.000 homicidios, cifra mayor cien veces que los asesinatos cometidos bajo la dictadura de Pinochet en Chile, con el agravante de que la impunidad campea.

Y ni qué decir del fenómeno conocido como de los ‘falsos positivos’: crímenes de Estado cometidos bajo incentivos derivados de las políticas ideadas por el Ministerio de la Defensa y que condujeron a la desaparición y posterior reporte como “guerrilleros dados de baja en combate” de civiles inocentes que habían sido disfrazados para reclamar recompensas.

Pero lo peor ha sido la connivencia de un alto porcentaje de la población con estas prácticas, dentro de una creencia generalizada, pero perversa, según la cual "el combate al mal mayor perdona el mal menor". Creencia que ha conducido a bajarle el tono a los miles de asesinatos, desapariciones, desplazamientos forzados y torturas cometidas por el paramilitarismo, con la participación de miles de agentes del Estado. Uribe y Santos auparon esta consigna, en su afán de acabar con la guerrilla al costo que fuera.

Casi un centenar de congresistas en la cárcel, el 95% de ellos de la bancada de Uribe, sindicados o condenados por sus nexos con el paramilitarismo, complementan el increíble panorama de la política colombiana.

Es claro, pues, el papel de los medios como empresas enmarcadas en la defensa de unos intereses institucionales, de grupos de poder, y el de los periodistas tomados individualmente como ejecutores de valores deontológicos como los de la independencia, la veracidad y la responsabilidad social.

Creo que el deber del periodista en el terreno en que esté es propugnar por la búsqueda de la verdad, así finalmente la empresa periodística, que no le pertenece, lo constriña. Su misión va más allá de ese cercenamiento. Pero puede dar otros pasos que lo conduzcan a que sus hallazgos vean la luz en otros escenarios.

De ahí la importancia del periodismo independiente y alternativo que enfrente la imposición de las agendas mediáticas, que genere espacios de participación ciudadana real en la información y la opinión, que ejerza la contra información ante la visión hegemónica que quiere establecer el poder sobre la realidad y la sociedad.

Ese es ni más ni menos el reto al que nos enfrentamos hoy. Para aportar a la sociedad. Y para  rendir homenaje a Adolfo, Alirio, Didier y tantos otros periodistas que con sus vidas dieron testimonio de lucha por acercarse a la verdad.

Bibliografía

Ayala Diago, César Augusto. Exclusión, discriminación y abuso de poder en El Tiempo del Frente Nacional. Una aproximación desde el análisis crítico del discurso, Bogotá, Universidad Nacional, 2008, (362 pp).

Hartlyn, Jonathan (1992). La política del régimen de coalición. La experiencia del Frente Nacional en Colombia, Bogotá, Tercer Mundo Editores.
Torre, Cristina de la (2005a). Álvaro Uribe o el neopopulismo en Colombia, Medellín, La Carreta Editores.
_________________. (2005b) “Álvaro Uribe neopopulista”, en: revista Número No. 44.

Bigio, Isaac (2009). “Fuji-Uribe”, en: http://www.articuloz.com/politica-articulos/fuji-uribe-278747.html. Consulta: 06, 12, 2009.
Mena Sepúlveda, Luis Alfonso. Descifrando huellas. Periodismo del mimeógrafo al ciberespacio, Cali, Ediciones ¡Periodismo Libre!, 2010.
__________________________ (2001). “El paradigma no era Fujimori”, en: diario El País, Cali, domingo 8 de abril de 2001, p. 18 A.
_________________________ (2008). “Entrevista: Gustavo Gorriti, el periodista que escapó de las garras de Fujimori. ‘La primera lealtad del periodista no es con su medio sino con su pueblo’”, en; periódico Paréntesis No. 13, mayo-junio de 2009, p. 23.
_________________________. (2009) “¿Todo ocurre a espaldas de Uribe?”, en el blog ¡Periodismo Libre! http://luisalfonsomenas.blogspot.com.
Santiváñez Vivanco, Martín (2004). “Álvaro Uribe: un Fujimori en Colombia”, en: revista Expansión. Versión PDF: www.unav.es/catedragarrigues/opinion/. Consulta: 06, 12, 2009.

(*) Director de ¡Periodismo Libre! y del periódico universitario Paréntesis.

6. Análisis. El constitucionalismo pre-republicano

Otros aspectos del Bicentenario

Los sectores ilustrados de Bogotá, Tunja, Antioquia, Cartagena acudieron a las primigenias constituciones americanas y francesas para encontrar la raíz de la normativa institucional; algunos habían leído a Hume, Locke, Paine, Smith, Pufendorf, Grocio, Bodin; pero básicamente los federalistas norteamericanos fueron la fuente de inspiración.

Por Alberto Ramos Garbiras (*)
La concesión ingenua del Rey Carlos IV a Napoleón, al permitir el paso de las tropas francesas hacia Portugal, fue la última causal que permitió más tarde abrirle paso al  proceso libertario e independentista hispanoamericano, porque Napoleón decidió quedarse y gobernar en cuerpo ajeno. La Junta Central conformada para defender los derechos del heredero Fernando VII, fue un acto desesperado de los monarquistas españoles como reacción ante la invasión francesa y una estrategia al querer mostrar “organización” para reacomodarse internamente, también a fin de evitar y encausar los levantamientos de la población en las colonias.

La invitación a los criollos americanos para participar en la Junta Central fue un señuelo para sofrenar las sublevaciones contra las autoridades virreinales registradas en las colonias hispanas. De manera mimética las juntas de las colonias reclamaban respeto por el soberano, pero también autonomía en los virreinatos, primer peldaño del proceso independentista.

El afán por instalar la asamblea de Cádiz fue tal que provisionalmente permitieron la presencia de americanos-criollos residentes en España antes de que llegaran los delegados en una plenaria que al final resultó de 72 españoles peninsulares y 27 delegados americanos. La intención de los asambleístas peninsulares era de todas maneras frenar la sublevación de las colonias implantando reformas radicales (libertad de prensa, de imprenta, la elección de cabildos y otros aspectos).

El llamado a los americanos era triplemente táctico para obtener: recursos económicos, humanos y para sofrenar las sublevaciones independentistas. Desde Cádiz decidieron llamar por primera vez a la población del Virreinato, con el calificativo de americanos-españoles, y destilando zalemas, el Consejo de Regencia escribe: “Os veis elevados a la dignidad de hombres libres. No sois ya los mismos de antes encorvados bajo el yugo mucho más duro mientras más distantes estabais del centro del poder…”.

Las cortes de Cádiz y el Consejo de Regencia, dos órganos plurales que actuaron en España durante el aprisionamiento de Fernando VII, no se entendieron en la misma dirección: las cortes, con inclinación liberal-reformista, y la Regencia, de estirpe meramente monárquica, chocaron por la expedición de la Constitución de Cádiz.

Esta constitución monárquica significó un avance y un factor modernizador para el constitucionalismo pre-republicano provincial de la Nueva Granada. Los liberales españoles, junto a los criollos delegados, lograron limitar en esa normativa el poder del Rey fijándole funciones, eliminaron la inquisición, introdujeron el principio de la soberanía nacional, las mismas cortes asumieron la función legislativa y organizaron la naciente rama judicial: todo ello repercutió en  las colonias y animó tanto a criollos autonomistas como a los independentistas.

Los franceses se debilitaron a finales de 1812 por la derrota ante los rusos. El retorno de Fernando VII al poder se registra en marzo de 1814. Este, desde Valencia, dio al traste con los avances liberales de la Constitución de Cádiz, restableciendo la Junta Suprema del Estado, creada por Carlos III en 1787.

El constitucionalismo pre-republicano surgió como consecuencia del juntismo para formalizar las juntas de gobierno, darle forma a los estados provinciales y comenzar a armar el tinglado institucional de cara a una eventual independencia.

La incertidumbre, la indecisión de los granadinos ilustrados estribaba en el desenlace de la invasión napoleónica. Si España no vencía a los franceses tendríamos más posibilidad de liberarnos, también. Si España vencía, el reforzamiento de tropas llegaría, como en efecto llegó en agosto de 1815 cuando Pablo Morillo sitió a Cartagena, después empezaron los fusilamientos. Ese constitucionalismo fue monárquico y ambiguo porque el territorio no estaba liberado y porque se imbricaba con las instituciones virreinales, no era un constitucionalismo autónomo.

Los sectores ilustrados de Bogotá, Tunja, Antioquia, Cartagena acudieron a las primigenias constituciones americanas y francesas para encontrar la raíz de la normativa institucional; algunos habían leído a Hume, Locke, Paine, Smith, Pufendorf, Grocio, Bodin; pero básicamente los federalistas norteamericanos fueron la fuente de inspiración.

Calcaron la teoría de la representación política y utilizaron la principalística (fuente del derecho), es decir, los principios generales (proclamas, anhelos, gritos colectivos con mensajes generalizados, las reclamaciones transnacionales), para normatizar, por ejemplo: la soberanía reside en el pueblo, o el pueblo es soberano.

(*) Magister en Ciencia Política, egresado de la Universidad Javeriana.

7. Análisis. Pobres pagan estragos del desarrollo

Ferocidad del capitalismo,
más fuerte que las avalanchas

La agenda de las víctimas del desarrollo en Colombia es la del derecho a soñar con un país donde el grande no se devore al chico, y donde los gobiernos no sigan haciendo demagogia con los pobres. Donde tengamos derecho a vivir en paz, pero con dignidad.

Por Carlos Alfonso Victoria (*)
Los desastres que destruyen vidas no son obra exclusiva del invierno, ni de su inclemencia, ni de su crudeza. Los desastres se han venido construyendo, aceleradamente, desde la apropiación mercantilista del planeta. Son el resultado del llamado desarrollo económico. Es la prueba irrefutable que la sostenibilidad y sustentabilidad, políticas diseñadas como paradigmas tras la bomba atómica, la guerra de Vietnam y la carrera nuclear, han sido un absoluto fracaso. La ferocidad del capitalismo salvaje ha sido más fuerte que las tormentas, vendavales, granizadas y avalanchas, poniendo en riesgo su propia existencia. El calentamiento global es uno de sus más espantosos logros. El desarrollo está pasando la cuenta de cobro, y la factura llega a manos de los más pobres, transformados en sus auténticas víctimas, y paradójicamente en objetivo de sus políticas.

Este desarrollo devoró las cuencas altas de nuestros ríos. Sus afluentes tampoco escaparon. Desde los años setenta las multinacionales madereras, en alianza con gamonales y terratenientes, y con la complicidad estrecha de las corporaciones regionales, arrasaron con los bosques nativos, para dar paso a los bosques de plantación. Así ocurrió en el Macizo Colombiano, y de ahí para abajo. Con ambas rodillas en el suelo, hacendados y mandarines importaron el modelo del Valle de Tennessee, en los Estados Unidos, para generar energía y “controlar las inundaciones del río Cauca”. Así nació otro monstruo: la represa de Salvajina. En los años ochenta nos prometieron que jamás el río se volvería a salir de su curso. Hoy los cientos de damnificados de La Virginia, Risaralda, y otros municipios del Valle del Cauca constatan lo contrario.

En la región central del país, tras la liberalización de los precios del café, los bosques cafeteros fueron talados para dar paso al paquete tecnológico de la competitividad: miles de hectáreas resultaron expuestas al denominado café de sol. Llegó el caturra, la variedad Colombia, etcétera, y millones de toneladas de suelo fértil salieron arrastradas a los lechos de los quebradas y ríos. Aparecieron de inmediato las avanzadas agroquímicas de la revolución verde con abonos derivados del petróleo. Patético: miles de campesinos endeudados, empobrecidos, y desplazados fueron a parar a los centros urbanos. Víctimas del afán desarrollista -como lo afirmé en 1982 en un artículo publicado por el periódico El Pueblo, de Cali- campesinos e indígenas de los Andes recibieron el trato de subversivos por el Estado colombiano por reclamar su derecho a la tierra. Su descendencia abrió trocha y se instaló en las selvas del sur, como peonaje del narcotráfico. Allí llegó la guerra, la tala, las fumigaciones, la carne de cañón, el luto…la diáspora.

Los estragos del desarrollo no solo pueden contabilizarse por las víctimas y damnificados de inundaciones, remociones en masa, destrucción de cultivos y colapso de las infraestructuras. Estas son las más calamitosas. Las demás viven bajo el amparo de las estadísticas. Se suman, por lo tanto, las víctimas de la especulación financiera, de la globalización económica, del modelo de agro negocio que, en el caso de la caña de azúcar para la producción de etanol en el Valle geográfico del Río Cauca, ha destruido empleos, ha contaminado las aguas de sus ríos y el aire que respiran los habitantes de los centros poblados. Con mis estudiantes hemos constatado, en lo que va de 2010, no menos de 600 personas atendidas en el hospital de La Virginia, con afección en sus vías respiratorias. Lo mismo debe estar sucediendo en otros municipios, donde las quemas de los cañaduzales, para facilitar su corte violan, cada vez que pueden, las restricciones establecidas a los ingenios. Léase Grupo Ardila Lula, y otros.

El economista brasileño Celso Furtado (1980) ya lo advertía: “La revolución de los precios, provocada por la mayor eficiencia de la mecano factura, apresuraría el desmoronamiento de las organizaciones artesanales en regiones donde no existían condiciones para la creación de formas alternativas de empleo. “La cita viene al caso de la región observada, donde los latifundistas empujados por los precios del etanol están metiendo caña “a dos manos”, como dicen los campesinos. Hoy la gran amenaza para los corteros no solo es que el río Cauca destruya sus ranchos en el sector de Caimalito (occidente de Pereira), sino que el Ingenio Risaralda introduzca maquinaria de corte  “Si se mecaniza la industria azucarera, se reducen los costos de mano de obra, pero se eliminan empleos. (Revista Dinero, febrero 29 de 2009)

Las perspectivas hoy son más pesimistas que las que hacíamos ayer (Los pecados de la minería, El Pueblo, Cali, 1984) si nos atenemos a que una de las denominadas locomotoras económicas del gobierno Santos es la gran minería. Ya podremos prever qué dejará a su paso esta locomotora: destrucción, destrucción y más destrucción, en un país donde a las autoridades ambientales les tiembla la mano para frenar el ímpetu del capital multinacional, pero sí son duros con los pequeños mineros, madereros, pescadores y campesinos. Entre otras cosas, esta semana en la Gobernación de Risaralda se revivió el anhelo oficial de desalojar a quince familias campesinas de la cuenca alta del río Otún, mientras los dos o tres hacendados, entre ellos los propietarios del predio Everfit, son prácticamente intocables.

Las víctimas del desarrollo reunidas este fin de semana en el Municipio de Riosucio, Caldas, son expresión legitima de la degradación de las condiciones  de vida, el aumento de la pobreza, la desigualdad, el destierro, el desempleo, la hambruna, la corrupción, la violación  de los derechos  humanos, la impunidad, y, por supuesto, el desplazamiento climático. Estas voces son las señales de un pueblo que se resiste a morir en manos de la injusticia social, de la inequidad y la desesperanza. La agenda de las víctimas del desarrollo, en Colombia, es la agenda del derecho a soñar con un país donde el grande no se devore al chico, y donde los gobiernos no sigan haciendo demagogia con los pobres. Donde tengamos derecho a vivir en paz, pero con dignidad. No a cualquier precio, ni mucho menos al costo de sacrificar los bienes naturales, ni la vida de quienes pensamos diferente. Ni mucho menos un desarrollo de sudor y lágrimas.

(*) Profesor Universitario.
http://www.agendapub.blogspot.com/.