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lunes, 12 de junio de 2017

Informe especial. Hablan los exponentes del underground de la Capital de la Salsa

El festival Unirock que se celebra cada año en la Universidad del Valle, es uno de los pocos espacios que tiene el rock para mostrar talentos locales, nacionales e internacionales en la ciudad de Cali.
EL CALVARIO DE HACER ROCK EN CALI

Por Tatiana Pinzón Correa
Hace un mes que la banda de rock caleña Electric Sasquatch fue escogida entre más de 150 aspirantes del país para compartir tarima en Bogotá con la banda californiana Korn, una de las más representativas del género Nu-metal en la historia, un hecho que situa al grupo vallecaucano en una posición de honor.

El 17 de abril se llevó a cabo el tan esperado evento bajo la Carpa Corferias, lugar en donde el sexteto caleño tuvo la oportunidad de presentarse ante un escenario lleno de miles de fanáticos, en compañía de la mítica banda estadounidense a quien han idolatrado desde jóvenes. Actualmente, Electric Sasquatch factura como una de las propuestas más originales y llamativas del rock nacional.


Sin embargo, el éxito de esta banda ha generado intriga con respecto a su historia y contexto, ya que sorprende que haya tan buenos exponentes de rock provenientes de una ciudad conocida como la capital mundial de la salsa, en donde hacer este tipo de música supone una verdadera lucha contra la corriente.

No obstante, la pasión y determinación ha logrado que hasta ahora haya más de 400 bandas en Cali que se dediquen a un género que casi parece un paria, listos a desafiar las críticas de aquellos que dicen que es imposible hacer rock auténtico y de buena calidad desde el trópico.

La agrupación Electric Sasquatch, durante el preliminar del concierto de la banda californiana Korn.
Viviendo el rock
“Talento hay y mucho”, así lo afirma Felipe González, baterista miembro de Electric Sasquatch, Motel Mosquito y Red Sun Cult. “El problema está en el hecho de que, a pesar de que algunos consideren que la escena rockera ha recibido gran apoyo, no es sencillo mantenerse en un mercado poco promocionado”, opina González, quien, pese al éxito de su primera banda, plantea además como problemática la falta de infraestructura, de conciencia y de una ‘escena’ consolidada a la cual se puedan dirigir los eventos.

“Las tarimas nunca son lo suficientemente grandes (excepto por los festivales como Unirock y conciertos de ese talante), pero en los bares la situación es muy similar: no tenemos como acomodarnos como banda y los equipos que se prestan siempre están dañados, por lo que no se puede depender de la sorpresa con la que te vayan a salir” asegura González, de acuerdo a su propia experiencia con las bandas de las que es miembro.

A esto último concluye que “necesitamos más espacios para los toques: mejores productores, bookers, managers, gente que sea experta en difusión para agarrar público, disqueras, prensadoras de discos, gente que haga serigrafía y camisetas, promotores, pero, sobre todo: gente que le tenga fe a todo esto, sin eso no hay nada.”

En esto coincide con Santiago Granada, bajista de las bandas Turkey, Lime Hash Grenade y Mind, quien expresa que “Hacer rock es un acto de fe porque no tenemos las herramientas necesarias. En Cali todavía hacemos las cosas de manera artesanal y hasta que no decidamos dar el paso a ser una ciudad que bien puede competir con Bogotá y Medellín, es decir, que se invierta desde la Alcaldía, que haya más festivales, que los medios se comprometan a ser voceros, no va a pasar nada más.”

Pese a eso, muchos otros conocedores de música coinciden en que la movida del rock en Cali es una paradoja: es un enorme monstruo de siete cabezas, pero que muy pocos pueden reconocer. Hay quienes dicen que si se rasguña un poco el barniz salsero con el que está pintada la superficie de la ciudad se encuentra un grupo underground de metaleros, indies, punks, glam, thrash que parece infinito.

La banda Red Sun Cult, en una de sus presentaciones.
Rock en anonimato
Según estadísticas oficiales de la secretaría de Cultura de Cali, en el año 2015 se realizaron cuatro festivales del género (Calibre, Unirock, Cruzada del Fuego y Caligotix) que convocaron a cerca de 20.000 personas. Es decir, el total de personas que se necesitarían para llenar completamente una de las tribunas del Estadio Pascual Guerrero. Sin embargo, eso parece no ser suficiente. A pesar de que hay gente haciendo rock, gente que quiere ver rock, éste no puede salir del anonimato, de debajo de las piedras.

Edwin Villareal, fundador y organizador del festival de metal La Cruzada del Fuego, que en este 2017 llega a su edición dieciséis, explica que Cali es una ciudad condenada a una imagen: la de la salsa. “Todos llegan a Cali buscando salsa. Acá hay Delirio, hay escuelas, hay festivales, Feria de Cali y allí es donde está el dinero. Esa es la industria cultural, es a lo que hay que apostarle. El rock no es cultura caleña. El rock es una suerte de niño chiquito al que se le da contentillo, pero al que no se le presta atención”, afirma.

Villareal, quien también ha apoyado la realización de otros festivales, dice que durante todo 2016 la Alcaldía giró $60 millones para eventos masivos de este tipo de música. Con ese dinero se debe pagar sonido, luces, logística, seguridad e incluso cancelar salarios a bandas invitadas. El productor del programa juvenil Radio Macondo, Juan España, dice que el gobierno local no quiere apostarles a nuevas formas de cultura porque no son tan rentables.

Felipe González, baterista y promotor del rock en la ciudad de Cali.
El difícil público caleño
En cuestión de audiencia y mercado, Felipe González, músico sobreviviente de varias guerras y curtido en el tema, sostiene que la ciudad carece de una cultura asociada a la retribución económica por parte del público a espectáculos y eventos musicales.

“Siempre hay quejas con respecto al precio del cover, a punta de toques pudimos estandarizarlo a $10mil, la gente no está dispuesta a pagar más ni siquiera porque sean en un teatro o porque la entrada incluya una cerveza, cobrar más sería un suicidio” insiste. Sin embargo, “el cover va para el que organiza el toque para empatar costos y de esos $10mil, 20% va para el bar que presta el espacio y si tiene sonido, sino toca pagar el sonido por aparte y ahí se va el dinero. Claro, pero viene Maluma a cobrar $200mil la boleta y para eso si se hacen filas de hasta tres cuadras”.

Pero, de acuerdo con Paola Cortez, directora de la sala de ensayo de 4 Cuartos, la razón por la que es difícil crear público consciente es por el hecho de que este se encuentra disperso y no focalizado.

“Hubo una ola en la que el público se convirtió en bandas y los primeros que deben ser público son las bandas, pero las bandas de ahora están muy en la onda de 'Yo toco, voy a los conciertos donde yo toco, toco y me voy' y creo que para generar esa cultural de público hay que empezar por las bandas, las bandas deben pensar en llegar temprano, en apoyar a las otras bandas, en quedarse a ver los demás shows, y la gente, quienes los siguen, también se quedarán a ver a las demás propuestas", opina Cortez.

Aspecto del festival Cali-Underground, espacio en el que se promociona el rock.
Los costos de una pasión
Para Luis Fernando Caballero, tecladista de la banda Legend Maker grabar un disco de buena calidad en Cali es un verdadero calvario. No hay muchos estudios profesionales de grabación, así que todo termina sonando casero. Caballero añade que “los costos de grabar una larga duración, que dé la talla para ir a las emisoras nacionales, son tan altos que muchas bandas nuevas no tienen esa posibilidad y tienen que conformarse con tocar en bares o en colegios, cuando a veces hay eventos.”

Felipe Ospina, baterista de la banda caleña de thrash Betrayer, que ya ha grabado discos y ha salido de gira latinoamericana, explica que sacar un álbum con 500 copias en esta ciudad puede costar hasta $3.000.000, cuando en realidad un trabajo hecho como debe ser cuesta lo que vale un automóvil de gama media, es decir entre $30 y $40 millones.

Bandas como Legend Maker, que lograron tocar al lado de leyendas internacionales como Gamma Ray y que han sido invitadas varias veces a Rock Al Parque, en Bogotá, llegaron a pagar hasta $15 millones por grabar demos hace unos 12 años, en Cali. “Reunir ese capital para bandas que muchas veces reciben pagos de apenas $180.000 como mucho por cada toque que realizan es una odisea. Y eso es un efecto dominó. Si no se puede grabar un buen demo, no se puede participar con buenas posibilidades en festivales, que son los que en buena medida determinan si hay talento o no” puntualiza Caballero.

Un organizador del festival Altavoz en Medellín dice que cada año reciben solicitudes de aproximadamente 65 bandas caleñas para participar del show, pero la mayoría de las veces las grabaciones que envían son de tan baja calidad que quedan descartados de plano. Y no es por falta de talento. Es que mandan audiciones como hechas en la casa.

Worms Under Flesh tocando en uno de los festivales masivos de rock que se desarrollan en Cali.
Altavoces fundidos
Han pasado al menos diez años desde que las últimas emisoras caleñas dedicadas a este género fueron absorbidas por grandes oleadas de reggaetón, vallenato y rancheras. El director del programa de rock y metal Cuerdas de Acero, de Univalle Stereo, Freddy Alberto Ortiz, admite que colegas suyos, que lustros atrás lideraban la movida rock local apoyando bandas nuevas y haciendo ecos de conciertos y vistiendo su pasión en la piel, con tatuajes de bandas y carátulas de discos inmortales, hoy viven de animar chiquillos a que bailen reggaetón y choke.

Cali tuvo a su servicio Radioactiva, por ejemplo. Su slogan era ‘planeta rock’. Allí y en otras radiodifusoras como La Superestación bandas como Superlitio, el principal referente nacional del rock caleño, tenían espacios para mostrar sus nuevos trabajos discográficos. De eso poco queda ahora.

Juan Carlos Prado, director de la emisora de la Universidad Javeriana de Cali y una de las que aún tiene programación de rock, explica que para lograr una unificación se necesitan altavoces y en esta ciudad están rotos. El rock caleño no tiene cómo darse a conocer masivamente. En la emisora de la Javeriana hay programas y allí se pone música, se habla de eventos. Lo mismo sucede con la emisora de Univalle, pero no es suficiente.

Ser caleño es sinónimo de salsa porque está en todas partes: hay sitios para oír y hasta para tocar, pero el rock apenas si suena tres o cuatro días a la semana. Es verdad que hay muchas dificultades. Sin embargo, como la salsa, el rock de Cali es único.

La banda Azulados durante su presentación en el festival Cali-Underground.
Rock hecho con sabrosura caleña
“Parte de la madurez de los músicos de esta ciudad se debe a que debemos construir una nueva identidad rockera según nuestro contexto. No es lo mismo Soda Stéreo que The Cure (aunque se parezcan), a lo que me refiero es que cuando se hace rock en español no es la misma fórmula, sino que resulta siendo otro género y suena muy distinto” explica Felipe González, quien, pese a tocar con bandas que cantan en inglés por lo que él percibe como una ‘cuestión estética’, considera que se debe vincular lo latino a la música creada, ya que de lo contrario tan solo se complacerá a un público y al ego propio para al final tan solo ser otro más del montón. “¿Por qué tratar de parecerte a ellos (británicos y gringos exponentes del rock), cuando te puedes enriquecer y vincular todo lo que te ofrece tu contexto?” opina.
Esta es la mentalidad reflejada en su banda Electric Sasquatch. Una banda que mezcla el sabor latino de la ciudad con la rebeldía y crudeza del rock, la cual cuenta con un sonido sólido y característico gracias al bagaje conceptual que lo sostiene y que hoy ha hecho que sea reconocida y tomada como referente de calidad.  

Gracias a propuestas innovadoras como las de esta banda, la exploración musical, las inquietudes y el bicho de la autenticidad sigue creciendo, ampliando de este modo, el espectro de cómo suena el rock en Cali.

La agrupación Turkey, realizando una presentación en la Facultad de Artes Integradas de la Universidad del Valle.
Resurgiendo de entre las cenizas
Si bien se ha hecho evidente que en la escena hay muchos inconvenientes por trabajar, estos, más que un motivo de 'queja' y denuncia, deben ser un foco de trabajo desde todas las áreas para luchar porque los espacios existentes se mantengan y buscar alternativas para la creación de más y mejores lugares en los que se pueda vivir y hacer de esta escena un sector que dinamice la economía nacional.

Sacar provecho de las nuevas tecnologías es clave para una mayor visibilidad ya que de la mano de quienes hacen la música, se logran fortalecer proyectos y medios independientes de difusión, emisoras online y medios especializados que buscan ofrecer a nuestros artistas un mayor espacio a ocupar en la prensa nacional.

Por otro lado, y no por eso menos importante, está el público. Según Paola Cortez "Las bandas deben entender que éste es un trabajo que deben hacer ellos mismos, no es trabajo del organizador llevar el público". Además, afirma que las bandas definitivamente deben hacer muchas cosas además de tocar y pensar en tocar, y que construir y fidelizar un público es una de tantas, quizá la más importante.

Se espera entonces, que surjan nuevos espacios y un mayor apoyo de la industria privada y el gobierno local. Entre tanto, el monstruo tranquilo sigue allí, bajo la sombra de la salsa. Más de 400 bandas así lo prueban. Las mismas que llegan hasta sus ensayaderos montados en sus bicicletas, o en alguna ruta del MÍO. Hay talento. Será cuestión de seguir rasguñando las piedras.

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