martes, 25 de febrero de 2014

Ensayo. El único presidente socialista en la historia de Colombia

Óleo de José María Melo que reposa en el Museo Nacional de Colombia en Bogotá. (Foto: Luis Alfonso Mena S.).
José María Melo,
el rebelde general de los artesanos

Para unos fue un oportunista que quiso disfrazar con un golpe de Estado la perpetración de un homicidio. Para otros, tuvo un gran valor histórico por haber correspondido a los intereses de los artesanos que lucharon contra las primeras manifestaciones del mercado global capitalista en nuestro territorio. Y para otros más, posee un significado peculiar por haber sido el primer gobernante de definida orientación socialista en la historia colombiana. Luego de ser expulsado de su patria por un contragolpe de la élite bipartidista que recibió la ayuda de la legación estadounidense de la época, el general José María Melo recorrió Centro América defendiendo ideales revolucionarios y fue fusilado en México, cuando compartía la causa de Juárez. Dilucidar el alcance histórico de un hombre como Melo resulta una tarea compleja. Aquí procuramos plantear algunos elementos sobre su significado.
                       
Por Luis Alfonso Mena S.
Es probable que cuando el cadáver del general José María Dionisio Melo Ortiz quedó expuesto, dejado por sus asesinos en algún rincón de la hacienda Juancaná, Estado de Chiapas, México, donde fue fusilado, a muy pocos en la Colombia de la época (10 de junio de 1860) les hubiera interesado su suerte final. Incluso, es también muy probable que a pocos les interese hoy, pues luego de 149 años de su muerte los restos del general rebelde no han sido repatriados, a pesar de los reclamos en tal sentido formulados por sus bisnietos Ramiro Melo y Heliodoro Melo.


El trasegar vital del general, que comenzó en Chaparral, Tolima, donde nació el 9 de octubre de 1800, estuvo marcado por la rebeldía y la controversia. Enrolado en el ejército libertador, combatió en Junín, Ayacucho, Bomboná, Pichincha, Portete de Tarqui, Mataró, El Callao, Pitayó, Jenoy, Natará y Popayán. Una hoja de vida militar con pocos parangones entre sus congéneres de los ejércitos libertadores. A los 30 años era coronel. Con ese rango tomó partido por el gobierno de facto de Rafael Urdaneta y fue expatriado a Venezuela. Extraña paradoja: 24 años después él mismo encabezaría un gobierno de facto como el que lideró Urdaneta y transcurridos menos de ocho meses en el mando de la Nueva Granada sería defenestrado y también expulsado de su patria. En Venezuela abrigó otra causa rebelde: en 1835 participó en el derrocamiento de José María Vargas arropando una acción política que contemplaba un programa de estirpe bolivariano de nueve puntos, uno de los cuales era la reconstitución de la Gran Colombia. Fallido el intento de instalar un gobierno por la retoma que protagonizó el general José Antonio Páez, de nuevo padeció el destierro. Muchos de sus correligionarios fueron expulsados a las Antillas, otros, como él, fueron enviados a Nicaragua. Corría 1836.

En este último año se produjo un interregno clave en la vida intelectual de Melo. Abandonó todo, incluso su familia, y partió rumbo a Europa. No hay muchas referencias sobre su permanencia en el Viejo Continente. Gustavo Vargas Ramírez, uno de los historiadores que con mayor empeño ha estudiado la vida de Melo, sostiene que estuvo en la Confederación Germánica, en Bremen, vinculado a la Academia Militar. Y agrega que a esta época corresponden sus lecturas de clásicos socialistas. Allí conoció las tesis de Charles Fourrier, quien denunciaba los efectos contradictorios de la superabundancia; leyó La industria y El sistema, de Henri Saint-Simon, y estudio la experiencia del cartismo surgido en Inglaterra hacia 1838. En general, se interesó por la historia del movimiento obrero y sindical. Así que Melo no sólo actualizó sus conocimientos en materia militar sino que, de manera paralela, se adentró en algunos de los representantes del socialismo utópico, circunstancia que le sería de gran valía a su regreso, cuando hubo de enfrentar la fracción liberal conocida como los gólgotas, quienes bebieron también en esas fuentes en su afán de sustentar propuestas de igualdad política, así ellas hayan sido abandonadas por la fuerza de los acontecimientos posteriormente.

Más o menos cuatro años permaneció Melo en Europa. En 1840 retornó a Ibagué, donde, curiosamente, a pesar de los estudios militares llevados a cabo en el mundo germano, se dedicó a actividades personales, entre ellas el comercio y los caballos, su gran debilidad y en los que era todo un especialista. (Los estimaba tanto, que prefirió sacrificarlos el 4 de diciembre de 1854, cuando sintió que su gobierno llegaba al fin. Su intención fue evitar que los generales constitucionalistas que lo derrotaban los montaran en señal de triunfo). En 1851 el largo asueto militar terminó cuando el liberal José Hilario López, a la sazón presidente de la República, lo rehabilitó, ascendió a general y, en 1952, lo nombró comandante general de Cundinamarca.

Sin embargo, su ejercicio no fue fácil. La situación política estaba crispada y la sociedad se fragmentaba entre extremos. Al tiempo que el liberalismo consolidaba su poder hegemónico, también avanzaba su proceso de división interna. Era la época de plena efervescencia de las llamadas sociedades, organizaciones ciudadanas con ínfulas políticas que se convertirían en antecedentes de los partidos políticos tradicionales en Colombia. El debate sobre el modelo económico tomaba cada vez mayor cuerpo, ya que un sector de la naciente burguesía, el dedicado al comercio, pugnaba por abrirse paso con normas legales y medidas gubernamentales facilitadoras de la importación de productos elaborados en Europa, empuje que afectaba a los fabricantes nacionales, los artesanos, que se oponían al libre cambio, pues las prendas hechas por zapateros, talabarteros y tejedores, entre otros, no tenían cómo competir con los productos traídos de fuera. Así, estamos en presencia, ni más ni menos, del primer debate a fondo sobre la instauración de acuerdos de libre comercio en nuestro territorio.

Podría pensarse que siendo Melo un hombre con funciones eminentemente militares no tendría por qué verse afectado por la convulsión económica del momento. Pero no era así por varias circunstancias. Primero, porque las pugnas económicas buscaban cauces legales que tenían, a su vez, repercusiones sociales y, en consecuencia, la autoridad armada debía intervenir en función del mantenimiento del orden. Pero, además, no lo era porque el poder político de esta época en la Nueva Granada estaba profundamente militarizado, la República se hallaba en formación y las diferencias casi siempre se resolvían en términos militares, con milicias partidistas, escaramuzas, batallas y guerras. Evidencia de lo anterior es el hecho de que en el Siglo XIX hubo dos golpes de Estado, catorce guerras civiles regionales y nueve guerras generales, amén de numerosos enfrentamientos locales. Entre 1830 y 1886, época en la que podemos situar parte de la parábola vital de José María Melo, se suscitaron seis guerras generales: la de los Supremos (1839-1842), la guerra de 1851, la de los Artesanos (1854, desatada contra el general Melo), la Gran Guerra (1859-1862), la de las Escuelas (1876-1877) y la de 1885.

La división liberal tuvo un trasfondo ideológico que luego se expresó en términos políticos. De un lado estaban los denominados gólgotas, que nacieron defendiendo principios de igualdad social para responder a los abismos que en esta materia se presentaban en la época. Se les consideraba utópicos, soñadores, inspiradores de un nuevo cuadro de libertades. El nombre que los identificó derivó de su apelación a las enseñanzas de El Mártir del Gólgota, una novela de Pérez Escrich de moda en la época.

Sin embargo, con el paso del tiempo y el peso de los intereses que la mayoría de sus adscritos defendía, los postulados teóricos fueron cediendo ante la fuerza de las urgencias económicas y, en consecuencia, se dibujó una contradicción en ellos: mientras en términos políticos defendían la libertad total y la equidad social, en materia económica eran partidarios del librecambismo, es decir, de la rebaja de aranceles y otras medidas que les facilitaran la importación de mercancías, pues muchos de los gólgotas eran jóvenes comerciantes que buscaban abrirse paso en el mundo de las telas, los trajes, los botines y los muebles traídos del exterior, medidas que afectaban a los fabricantes nacionales. Al final, esta corriente terminó menospreciando a aquellos que, como los artesanos, se oponían desde la otra acera al impulso en el Congreso de las propuestas defendidas por los gólgotas. Éstos, en principio, fungieron como defensores de los menos favorecidos. Luego entraron en contradicción con ellos. Por eso, uno de los gritos de combate de los seguidores de Melo durante el golpe del 17 de abril de 1854 fue “Abajo los gólgatas”.

Del otro lado estaban los llamados draconianos, bautizados así parodiando al severo legislador griego Dracón. En principio se les identificaba como liberales veteranos, promotores de las doctrinas tradicionales de esta corriente política, pero con el tiempo fueron definiendo su perfil como partidarios de los sectores explotados y, específicamente en el caso de la época, defensores del proteccionismo, esto es, de medidas legales, como los aranceles, para frenar la proliferación de importaciones y así favorecer la industria nacional, o lo que es lo mismo, la actividad de los artesanos productores de calzados, manufacturas, trabajos en telares, talleres y otros escenarios económicos. Finalmente fue en torno de los draconianos que se unió la mayor parte de los artesanos que respaldaron el golpe de Estado protagonizado por el general Melo.

Esa división política se trasladó al plano de las organizaciones ciudadanas conocidas como las sociedades, las cuales podríamos considerar como espacios más amplios que los partidistas, tanto que eran objeto de disputa por parte de los cuerpos políticos que querían verse reflejados en ellas para su proyección social y electoral. Las más fuertes y conocidas fueron las Sociedades Democráticas que, al término de las pugnas, en su mayoría y por efecto de la participación del sector artesanal, estuvieron alineadas en sentido contrario de los gólgotas (también denominados radicales), a pesar de que éstos en principio tuvieron una influencia importante en ellas.

En el lado conservador también nacieron organizaciones de este tipo, tales como la Sociedad Filopolita del Sagrado Corazón y del Niño Dios y la Sociedad Popular.  Así, pues, en las Sociedades Democráticas se expresaban los grupos de artesanos de fuerte ascendiente liberal, en tanto que en las otras se reflejaba la posición de la iglesia católica y de los sectores más conservadores de la comunidad. De las Sociedades Democráticas hacían parte funcionarios, militares, artesanos, intelectuales, comerciantes, profesionales e, incluso, esclavos y libertos. Operaron principalmente en el Valle del Cauca, Santafé de Bogotá, Santander y Cartagena.

El escenario en que le correspondió a Melo desempeñar la comandancia del Ejército de Cundinamarca tiene un telón de fondo más amplio y espeso. Se trata del marco determinado por la reforma constitucional de 1853 y por una serie de medidas legales adoptadas entre 1848 y 1854, desde el gobierno de Tomás Cipriano de Mosquera, que marchaban en correspondencia con las exigencias del momento. Ellas encajaban en el nuevo período, considerado como el verdadero momento del fin de la Colonia, 30 años después del triunfo en la guerra de Independencia. Entre las reformas figuran las siguientes: sufragio universal sin limitaciones, eliminación de la pena de muerte por motivos políticos, separación de la Iglesia y el Estado, eliminación del fuero eclesiástico y militar, establecimiento del matrimonio civil, abolición de la esclavitud, libertad de expresión oral y escrita, descentralización de rentas y gastos que aumentaban la participación de estados y regiones. Como se ve, normas de enorme importancia, principalmente desde el punto de vista político, que marcaron la mitad del Siglo XIX, considerada una época de cambios.

Pero simultáneamente, en la sociedad neogranadina crecían las desigualdades derivadas del fortalecimiento de las capas de comerciantes y terratenientes. Las personas dedicadas a actividades como la sastrería, la carpintería, la zapatería, la ebanistería y los servicios se habían multiplicado. También crecía la población y ello demandaba un mayor esfuerzo presupuestal del Estado. Así que la composición policlasista de las Sociedades Democráticas empezó a hacer erupción y a generar diferencias que se fueron volviendo irreconciliables. Los gólgotas ya veían a los artesanos como socios incómodos que tenían desproporcionados reclamos. Y, como lo hemos anticipado ya, el punto de eclosión se registró con las medidas liberales para el comercio exterior que favorecían las importaciones en detrimento de la producción de los artesanos nacionales.

Como señalan los historiadores Marco Palacio y Frank Safford en Colombia, país fragmentado, sociedad dividida, en 1850 ya se perfilaba una norma de comportamiento en el Congreso Nacional: los conservadores y los jóvenes liberales radicales (gólgotas) coincidían en votar contra la protección de los artesanos, mientras que liberales de la vieja guardia como Lorenzo María Lleras y Juan José Nieto apoyaban la causa artesanal. (Palacio, Safford. 2004: 398-399).

El caldo de los problemas socioeconómicos de la época recrudeció entre 1852 y 1854 con el incremento desmesurado de los precios de los alimentos, muchos de los cuales se duplicaron, hecho en el que incidía de manera ostensible el control monopólico que unos pocos latifundistas tenían sobre el abastecimiento de la carne a los mercados de Santafé de Bogotá. Lo anterior condujo a los artesanos a realizar una protesta ante el Congreso de la República, el 19 de mayo de 1853, en desarrollo de la cual murió uno de ellos y no hubo atención por parte de los legisladores, que trataban con desdén a los que reclamaban.

Fueron múltiples, pues, los factores que crearon las condiciones para el levantamiento de los artesanos, que se habían constituido en uno de los sectores sociales con mayor grado de organización y de conciencia de clase y que, además, se mostraban dispuestos a la confrontación con la alianza de conservadores y gólgotas. Pero faltarían más factores. Uno de ellos era la intención de los dos últimos actores políticos mencionados de acabar con el Ejército, al que consideraban un órgano parasitario sin vigencia luego de terminada la guerra de Independencia. Los conservadores buscaban restarle fuerza al poder presidencial, en manos de los liberales tradicionales, y los liberales radicales consideraban que el órgano debía desaparecer pues la época de los héroes ya había pasado y la fuerza armada había derivado en una gran carga fiscal. En suma, se confluía en la propuesta de crear milicias provinciales limitadas. La idea fue rechazada por Melo, posición que llevó a muchos a afirmar que la amenaza de desaparición del Ejército del que era comandante fue otra de las razones que incidió en la decisión de dar el golpe del 54.

Como si fueran pocas las premisas expuestas hasta aquí, faltaría una que por trivial no deja de tener su importancia, sobre todo porque no pocos historiadores sostienen que ella también auspició la determinación de Melo. A principios de 1854, en el mes de enero, el general se vio envuelto en un confuso incidente con un cabo de su tropa de nombre Pedro Ramón Quiroz, quien, en estado de ebriedad, insultó a su superior. De aquí en adelante cada quien esgrimió su propia versión. Unos afirmaron que Melo fue agredido por el beodo y él, en legítima defensa, hirió al suboficial. Otros dijeron que Melo trató de ocultar las lesiones causadas por su espada al militar borrachín, que no le brindó atención oportuna y, en consecuencia, falleció por negligencia. Unos más aseveraron que Melo actuó con premeditación. En todo caso, durante los primeros tres meses del 54 el Comandante del Ejército en Cundinamarca estuvo sometido a un constante asedio de sus opositores, quienes amenazaban con llevarlo a juicio. El acoso mellaba la tranquilidad del general, aunque la soportó con más facilidad por el respaldo que le brindó el recién elegido presidente José María Obando.
Las circunstancias que rodearon la magistratura de Obando constituían, finalmente, un factor más de la crisis, pues aunque debido a su prestigio ganado en las batallas libertadoras el general caucano había triunfado con solvencia en las elecciones presidenciales de 1853, no había ocurrido lo mismo en los comicios legislativos: el Senado quedó en manos del Partido Conservador y la Cámara de Representantes, en las del sector gólgota o radical del Partido Liberal, que persistía en su división. La falta de respaldo a las políticas del gobierno de Obando en el Congreso marcó de manera negativa su gestión de sólo un año.

Así, el deterioro de las condiciones de vida de sectores grandes de la población; la exacerbación de las contradicciones entre artesanos, de un lado, y conservadores y gólgotas, del otro; la existencia de una mayoría adversa al presidente Obando en el Congreso; la amenaza de desaparición del Ejército y de su reemplazo por milicias provinciales; las reclamaciones ante Obando no atendidas por éste; el incidente de la muerte del cabo Quiroz, pero, principalmente, el palpitante problema de los artesanos afectados por la política económica exportadora de las élites se juntaron para dar a luz el golpe de Estado del 17 de abril de 1854, también conocido como el golpe de los artesanos, por la importante participación de este sector en respaldo del general Melo.

Ocurrió en las primeras horas de la madrugada del 17 de abril cuando Melo, aupado por los trabajadores locales y por el fuerte apoyo que tenía entre sus tropas, decidió tomar el gobierno con un golpe de cuartel rápido que no duró más de un día, pero que desató desde ese mismo momento la reacción de las élites conservadoras y gólgotas. Éstas no descansaron durante los siete meses y 21 días siguientes hasta retomar Bogotá y desalojar del mando al general rebelde, el 4 de diciembre de 1854. Lo lograron mediante la unidad táctica de todas las fuerzas de las clases hegemónicas del momento, que dejaron de lado sus diferencias para alcanzar la recuperación del poder extraviado. Desde el comienzo Melo tuvo dificultades para gobernar, pues los terratenientes y comerciantes más adinerados se negaban a pagar los impuestos definidos por su mandato para el sostenimiento del Estado, muchos de ellos se asilaron en la legación diplomática de los Estados Unidos y el embajador de este país, señor Green, se prestó para actuar contra el alzamiento de Melo y gestionar la traída de armas desde Nueva York para equipar las fuerzas de la contrarrevolución.

Muy pocos documentos y textos tocan el caso de la participación de la legación o representación diplomática estadounidense en los hechos que condujeron a la recuperación del gobierno para las elites oligárquicas, circunstancia que constituyó una clara injerencia en los asuntos internos de la Nueva Granada por parte de la potencia del norte, ya en aquellos años ejerciendo su rol de gendarme del mundo suramericano. Vargas Martínez lo menciona con despliegue en su libro Colombia 1854: Melo, los artesanos y el socialismo, en el que afirma: “Desde la legación de los Estados Unidos en Bogotá se propició descaradamente la contrarrevolución, la guerrilla, el armamentismo de las tropas constitucionales, el encubrimiento a prestamistas y comerciantes solicitados por la justicia, la ocultación de capitales y la injerencia más pública sobre el desarrollo de la política interior del país, como tal vez no se efectuaría en otras épocas” (Vargas, 1972: 115).

El día del golpe, Melo designó una comisión integrada por dos miembros de las Sociedades Democráticas y un militar con el fin de que ofreciera el poder de facto a José María Obando, pero éste rehusó aceptarlo. Ante tal decisión, los comisionados le solicitaron al general chaparraluno que él asumiera directamente el mando y de inmediato fue aclamado por soldados y artesanos que colmaban la Plaza de San Francisco de Santafé de Bogotá.

El reagrupamiento de las fuerzas políticas y militares de la clase dominante desplazada del gobierno por Melo tardó meses, no sólo por el factor sorpresivo del golpe, sino por las mismas circunstancias que rodeaban el Ejército, en el que Melo había alcanzado un ascendiente importante. Además, el general contaba con una destacada base social. La élite liberal-conservadora maniobró lenta, pero certeramente. Una de las figuras clave para tal fin fue el vicepresidente José de Obaldía, quien en principio se refugió en la legación estadounidense, desde donde movió los hilos de la contraofensiva, pero cuando fue descubierto por las fuerzas de Melo recibió el apoyo de Green para que se pudiera fugar e instalar un gobierno que denominó constitucional o legitimista en Ibagué, el 5 de agosto de 1854. Curiosamente, poco después, el embajador, que había permanecido en Bogotá durante los primeros meses del mandato de Melo, anunció el cierre de la legación con la excusa de que debía viajar a Panamá. Todo era una farsa. El diplomático norteamericano, como ha ocurrido con funcionarios similares de EE.UU. a lo largo de la historia de los últimos 200 años en el mundo, estaba comprometido en una conspiración allende las fronteras de su país. Pronto se le vio en Ibagué, a donde Obaldía había llegado para instalar el gobierno paralelo. También un número apreciable de congresistas había escapado hasta esa ciudad para reanudar las sesiones del órgano legislativo, el 22 de septiembre.

Mientras los poderes paralelos se activaban, la organización de la contraofensiva militar no tenía tregua. De hecho, como hemos dicho, contaba con una gran colaboración desde la embajada estadounidense. Todo el generalato al servicio de las clases pudientes (y de sus propios intereses de terratenientes o de ostentadores de poderes a la sombra) se puso en marcha. La fuerza reunida en los meses previos a diciembre fue demoledora. José Hilario López, ligado a los gólgotas, organizó su expedición desde Gigante, donde se encontraba la hacienda en la que residía y donde también estructuraba el comando sur del Ejército de los legitimistas. El conservador Tomás Cipriano de Mosquera, por su parte, se había instalado en Barranquilla para dirigir el comando norte del Ejército y había gestionado la compra de armas en Estados Unidos. Joaquín París instaló, luego de un combate con fuerzas leales a Melo en La Mesa, un comando en el Magdalena Medio. Y los conservadores Julio Arboleda, Manuel Briceño y Pastor Ospina se encontraron en Honda con París para acordar nuevas etapas de la contrarrevolución.

Por su parte, los liberales gólgotas o “radicales” también hacían su aporte a la preparación de la ofensiva contra Melo. Manuel Murillo Toro, Salvador Camacho Roldán, José María Samper se movilizaron en la empresa político militar, y el general Tomás Herrera, quien fungía como designado, se hallaba entregado a la causa de los legitimistas organizando el Ejército desde Ibagué. El general Pedro Alcántara Herrán regresó de urgencia de Estados Unidos y de inmediato sus “buenos oficios” fueron puestos al servicio del gobierno paralelo de Obaldía, en calidad de secretario de Guerra y Marina, no sin antes recibir autorización para un incremento del pie de fuerza de diez mil hombres. El combate contra Melo iba en firme. No sólo reunía a ex presidentes y generales de la Independencia, sino que ahora se multiplicaba el número de integrantes de la fuerza pública. Hasta el italiano Agustín Codazzi fue puesto en posición de combate, se le otorgó el grado de coronel y fue nombrado jefe del Estado Mayor del Ejército del Norte. El general Juan José Reyes Patria levantó tropas en Boyacá. Los esfuerzos contrarrevolucionarios fueron a dar hasta el istmo, donde Posada Gutiérrez se puso al frente de la división del Ejército creada para esa zona.

Entre tanto, las fuerzas de Melo eran especialmente fuertes en Cali, Popayán y Cartagena, donde las tropas y los gobernadores lo seguían respaldando y habían repartido armas entre milicianos e integrantes de las Sociedades Democráticas. El general confiaba de manera especial y casi ciega en su fortaleza para defender a Santafé de Bogotá, donde había concentrado el grueso de sus hombres. Melo contaba con 5.415 infantes y 1.210 militares de caballería, en un dispositivo en abanico con tropas dispuestas en Zipaquirá, Facatativá, Barranco Blanco, Cuatro Esquinas, El Roble y Soacha.

José Hilario López sostuvo un combate con fuerzas leales a Melo en Cali, luego marchó a Buenaventura y Cartago, donde derrotó a los melistas. Mosquera, entre tanto, recibió armas en Barbacoas a un costo de US$20.713, una cifra astronómica para la época, que fue pagada con crédito personal del general Herrán. El joven oficial melista Juan de Jesús Gutiérrez estuvo a punto de derrotar a Mosquera en Petaquero, y también a dos generales de la Independencia, Herrán y González, pero finalmente Mosquera tomó a Tunja.

Por fin, la confluencia de fuerzas reaccionarias llegó a Santafé de Bogotá. La resistencia de Melo y sus hombres no aguantó el embate adversario y claudicó el 4 de diciembre. Se requirió de la unión de todo el establecimiento de la época, con la ayuda de la embajada de Estados Unidos, para dar al traste con la revolución liderada por el general Melo y los artesanos.

En Bogotá confluyeron tres ejércitos comandados por los todopoderosos generales Pedro Alcántara Herrán, Tomás Cipriano de Mosquera y José Hilario López. Como lo afirma Rafael Pardo en su libro La historia de las guerras, todos los ex presidentes vivos participaron en la guerra contra Melo y también futuros presidente y líderes cumplieron distintas funciones dentro de la contrarrevolución. “Toda la nueva generación hizo parte de esta cruzada” (Pardo. 2004: 270). Pero las tropas de Melo cobraron cara la derrota: los generales Herrera y Mendoza, lo mismo que el capitán Diego Caro, murieron en la retoma de Bogotá. El 6 de diciembre todo el generalato, el vicepresidente Obaldía y sus ministros les rindieron honores postreros en una parada imponente en la que participaron nueve mil hombres.

Mientras tanto, más de 200 militares, políticos y líderes de los artesanos debieron partir al exilio a Panamá condenados a servir por cuatro años en los batallones de Zapadores. Al presidente Obando, por su parte, le cobraron su indecisión y fue destituido por el Senado. ¿Y qué pasaría con Melo? En 1855 se inició un juicio en su contra con múltiples acusaciones. Sus principales enemigos quisieron juzgarlo por insubordinación militar, delito por el que hubiera sido fusilado. También quisieron procesarlo por la muerte del cabo Quiroz. Sin embargo, finalmente, el juicio fue civil y la condena consistió en destierro por espacio de ocho años. Melo partió para no regresar jamás. El 23 de octubre de 1855 salió hacia Costa Rica. No hay noticia de lo que pasó con él durante los dos años siguientes. Se cree que en Nicaragua participó en la resistencia contra el filibustero W. Walker. En 1859 fue asesor del Ejército de El Salvador. En Guatemala fue objeto de persecución por parte del dictador Rafael Carrera, y por ello se trasladó a México, donde, en octubre del 59, se enroló en las filas del Ejército de Benito Juárez, que defendía su asediado gobierno.

El 17 de marzo de 1860 el periódico La Bandera Constitucional del Estado de Chiapas recibía con alborozo al colombiano. La hoja de vida militar, su solvencia moral y su conciencia política pudieron incidir en que Juárez, reticente siempre a tener extranjeros en sus tropas, aceptara la colaboración de Melo, quien fue destinado a la protección de la frontera con Guatemala, en la región de Comitán. Pero allí fue objeto del acecho de uno de los más enconados enemigos de Juárez, el general conservador mexicano José A. Ortega, quien, conociendo que un general colombiano se encontraba en la zona, ordenó buscarlo y no dejarlo con vida. Con un ejército sin mucho entrenamiento y joven, Melo fue presa fácil de su nuevo adversario y el 10 de junio de 1860 fue detectado en la hacienda Juancaná, cerca de Zapaluta. El cabo Isidro Gordillo y el sargento José Maldonado fueron los encargados de cumplir la orden nefanda de Ortega. Tras ser capturado, Melo fue asesinado. Nadie se atrevía a darle sepultura por temor a las represalias de Ortega, hasta que indios tojolabales lo enterraron al frente la capilla de la hacienda del fusilamiento. Sólo 20 días después del crimen se pudo constatar el sitio de la inhumación.

La repatriación de los restos mortales del general Melo no ha sido posible, a pesar de que en dos oportunidades se ha intentado su exhumación: en 1940 y en 1989. Melo fue un persistente y osado militar que buscó la justicia aún a riesgo de su prestigio y de su vida. Fue también un eterno desterrado por las clases hegemónicas. Pero, sobre todo, fue el rebelde general de los artesanos, aunque todavía hoy sea probable que muy pocos estén interesados en que retorne, luego de 154 años de haber sido expatriado de Santafé de Bogotá y de 149 años haber sido fusilado en la lejana Chiapas.

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Cali, martes 17 de noviembre de 2009

Artículo escrito para la Maestría en Historia de la Universidad del Valle.

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