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domingo, 1 de agosto de 2010

7.- Análisis. A propósito del Bicentenario

¿Cuál independencia?

El 20 de julio no hay nada que celebrar… por lo que acontece hoy en Colombia, que marcha en contravía histórica con relación a los procesos nacionalistas y de liberación que cobran fuerza en otros países del continente. ¿Cuál independencia, si nos hemos convertido en un protectorado yanqui? ¿Cuál soberanía nacional, cuando las Fuerzas Militares de EE.UU. y las multinacionales capitalistas de ese país y de la Unión Europea ocupan nuestros suelos y mares y se han apropiado de gran parte nuestros recursos naturales y minerales?

Por Renán Vega Cantor (*)
El 20 de julio de 1810 comenzó la lucha por la independencia en el actual territorio colombiano, que finalmente se materializó en la ruptura con el poder colonial español. Dos siglos después resulta de un cinismo absoluto celebrar la independencia.

De cuál independencia se puede hablar en Colombia, si hoy este país es un simple protectorado de los Estados Unidos, como se evidencia en los más diversos ámbitos de la vida nacional.

En el terreno militar
El Estado Colombiano es un peón incondicional de los Estados Unidos en términos militares, como se evidencia con la instauración de bases a lo largo y ancho de nuestro territorio, junto con la “ayuda” que el imperialismo le proporciona a los gobiernos “colombianos” para mantener su criminal guerra contra la población más pobre de este país, encubierta bajo la bandera de “lucha contra el terrorismo”.

Esa dependencia estructural se evidencia en varios hechos: militares y paramilitares procedentes de Colombia participan como mercenarios en guerras patrocinadas por esa potencia en diversos lugares del mundo (Irak y Afganistán) o en proyectos de desestabilización en América Latina (Venezuela, Bolivia y Honduras); Colombia es el tercer país del mundo en captar “ayuda militar” de los Estados Unidos, después de Israel y Egipto; entre 1996 y 2008 han sido entrenados en escuelas de los Estados Unidos 72 mil militares procedentes de Colombia, cifra que a nivel mundial sólo es superada por Corea del Sur; Colombia es el único país de Sudamérica que ha bombardeado a un país vecino con participación directa de las Fuerzas Militares de los Estados Unidos y pregona como legítima la “guerra preventiva” de estirpe yanqui.

En estas condiciones, ¿qué independencia pueden tener las Fuerzas Armadas de Colombia, adiestradas y financiadas por los Estados Unidos en contrainsurgencia y anticomunismo y preparadas para matar a sus propios conciudadanos, como se evidencia con los crímenes de Estado, como los “falsos positivos”?

En el plano jurídico-político
La dependencia se manifiesta en diversos aspectos políticos y jurídicos, entre los cuales cabe resaltar el referido a la extradición de ciudadanos colombianos hacia los Estados Unidos.

En ningún otro lugar del mundo, ni en ninguna otra época, un país había entregado tal cantidad de connacionales para que fueran condenados en forma arbitraria por parte de autoridades judiciales de los Estados Unidos, como lo hace Colombia.

Sólo basta con recordar que en los últimos 8 años, desde este país se han extraditado a los Estados Unidos más de 800 personas, con lo cual se evidencia la inutilidad del sistema judicial de este país y se demuestra que el régimen uribista ha sido una marioneta de Washington.

Además, aquí los embajadores de Estados Unidos ofician como procónsules todopoderosos (algo así como los Virreyes en tiempos de la colonización española), que dictaminan lo que debe hacerse para complacer los intereses imperialistas, con pleno convencimiento que las clases dominantes de Colombia cumplen las órdenes sin ningún reparo, tal y como sucede con la política exterior, sujeta a los requerimientos yanquis contra países como Venezuela y Ecuador.

No sorprende, en esas condiciones, que la Embajada de los Estados Unidos en territorio colombiano sea la quinta más grande del mundo, en lo que hace referencia al personal ocupado.

Tampoco resulta extraño que el régimen colombiano haya apoyado la guerra contra Iraq, el golpe de Estado en Honduras y los crímenes sionistas, como expresión de su sumisión a los dictados de la política exterior de los Estados Unidos.

En el ámbito económico

La entrega del país a empresas multinacionales de los Estados Unidos y de la Unión Europea se ha convertido en el proyecto central de la lumpemburguesía colombiana, como parte de lo cual ha feriado al capital estadounidense o europeo las empresas públicas de las más diversas actividades económicas (energía, telecomunicaciones, minería, banca, infraestructura…) lo que convierte a Colombia en un lugar envidiable para la inversión extranjera, un eufemismo para ocultar el proceso de recolonización en marcha.

Como parte de esa dependencia económica, se eliminó la industria nacional para servir al apetito voraz del capital financiero transnacional y las multinacionales y, al mismo tiempo, se revitalizó el viejo esquema minero exportador, con la pretensión de convertir nuestro territorio en una gigantesca mina a cielo abierto.

En cuatro quintas partes de nuestro territorio se están realizando exploraciones mineras y petroleras, de las que sólo va a quedar hambre, miseria y contaminación, mientras las multinacionales se llevan nuestros recursos, como hicieron los españoles hace cinco siglos.

De la misma forma, este gobierno ha ampliado de manera fraudulenta las concesiones a empresas extranjeras que extraen petróleo y recursos minerales, como ha sucedido con la Drummond, a la cual se le amplió en 30 años su concesión para explotar carbón y gas en varias regiones del país.

A esto debe agregarse que el régimen uribista generalizó la exención de impuestos para premiar a las multinacionales por llevarse nuestros recursos naturales, lo cual equivale a unos 10 billones de pesos, desangre que afectará al país durante los próximos años.

En el área cultural
La dependencia estructural de la sociedad colombiana con relación a los Estados Unidos se manifiesta también en el plano cultural, nada extraño si se recuerda que las clases dominantes de este país siempre han tenido como modelo de vida a Londres, Madrid, Paris, y, ahora, a Miami, mientras desprecian a los habitantes pobres del país.

En efecto, Colombia se ha convertido en un suburbio pobre de la capital de La Florida, lugar desde donde se transmiten programas de radio, se lanzan al estrellato a cantantes y músicos, se fortalece el artificial American way of Life, se divulga propaganda pro yanqui y anticomunista y se presenta como viable el modelo de sociedad típico de los Estados Unidos, con lo cual se cautiva a millones de colombianos de todas las clases sociales, aunque para las mayorías pobres ese sueño se convierta en la pesadilla cotidiana de la violencia endémica propia de una cultura narco-traqueta, adobada con una lógica paisa pueblerina y machista.

No sorprende que esa cultura al estilo de Miami se haya convertido en el principal referente simbólico de gran parte de la población colombiana, hasta el punto que los héroes de la televisión, el celuloide y la música ya no hablan con acento criollo sino con el insoportable tono de los latinoamericanos que viven en la Florida.

Al considerar todos los aspectos mencionados, que se encuentran interrelacionados entre sí, resulta tragicómico hablar de la independencia de Colombia, en momentos en que otros países de Sudamérica proponen romper con la sumisión existente con respecto a los Estados Unidos. ¿Cuál independencia, si somos uno de los países más dependientes y sumisos al poder imperialista y nos hemos convertido en un protectorado yanqui? ¿Cuál soberanía nacional, cuando las Fuerzas Militares de Estados Unidos y las multinacionales capitalistas de ese país y de la Unión Europea ocupan nuestros suelos y mares y se han apropiado de gran parte nuestros recursos naturales y minerales?

El 20 de julio no hay nada que celebrar, ese día debería considerarse más bien como una fecha luctuosa para el país, no por lo que sucedió hace dos siglos, sino por lo que acontece hoy en Colombia, que marcha en contravía histórica con relación a los procesos nacionalistas y de liberación que cobran fuerza en otros países del continente. Da dolor decirlo, pero las clases dominantes han hecho de Colombia una gran finca ganadera, en donde se encuentra el peón más barato, abyecto, servil e incondicional de los Estados Unidos. Con estas perspectivas tan tenebrosas, razón de sobra tenía Jorge Luis Borges cuando decía que ser colombiano es un acto de fe.

(*) Historiador, investigador y profesor de la Universidad Pedagógica. Artículo tomado de la página electrónica de la Asociación Nacional Sindical de Trabajadores y Servidores Públicos de la Salud, Seguridad Social Integral y Servicios Complementarios de Colombia, Anthoc.
http://www.anthoc.org/index.php?option=com_content&view=article&id=1947&catid=4&Itemid=28.

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