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sábado, 4 de junio de 2016

Análisis. El deber de los liderazgos es trazar caminos ciertos, aunque no haya unanimidad

El triunfo de la paz será la derrota más grande que se le pueda infligir al uribismo y sus adláteres. (Ilustración: Laiguana.tv).
LA PAZ, A PESAR DE URIBE Y SUS SECUACES

Por Luis Alfonso Mena S. (*)
La responsabilidad de los liderazgos políticos y sociales serios consiste en guiar a amplios conglomerados por caminos con salidas fiables, seguras y correctas a los conflictos y las crisis, así no haya unanimidad.

Los unanimismos son imposibles, y pasan de ser fórmulas ideales a convertirse en verdaderas talanqueras en la búsqueda de soluciones.

Los adversarios lo saben y chantajean, con el único fin de paralizar las políticas justas, de evitar sus avances.

En el trasegar de los procesos hay momentos para las consultas y la búsqueda de acuerdos, y los hay para la toma de decisiones, así ellas no involucren a todos y no logren los consensos ideales.


Es lo que pasa con el proceso de paz en marcha en Colombia: quienes creen que sin Uribe y sin sus seguidores involucrados en un hipotético pacto nacional es imposible que haya acuerdos, se equivocan.

Hay un bloque de extrema de derecha cada vez más caracterizado que, como he escrito en otros artículos, se opondrá a todo, nada le parecerá válido.

El uribismo no es solo Uribe y sus congresistas de bolsillo en la Cámara de Representantes y en el Senado de la República.

Ellos son portavoces de intereses insondables, de poderes más gruesos, enraizados en la historia oscura del país: de terratenientes y empresarios a quienes no les complace que nuevas fuerzas políticas surjan, porque las consideran una amenaza para sus posesiones feudales y su acumulación capitalista.

Para ellos, sentir siquiera que miles de hombres y mujeres que hoy están alzados en armas darán el paso a la legalidad para ejercer la política abierta les quita el sueño, porque saben que no los pudieron derrotar y cambiarán de escenarios para seguir buscando transformaciones sociales y democráticas urgentes, a las que las élites rancias se han opuesto siempre.

Y a medida que se acerca la firma de los acuerdos de La Habana, esa derecha extrema exacerba su odio, acumula más veneno para inocularlo usando sus extensiones en los poderes del Estado y en sus medios masivos de desinformación.

Ante esa realidad, se impone avanzar en la construcción de un gran movimiento en todo el país de respaldo a los Acuerdos de La Habana, sin pensar en qué dirán Uribe y sus secuaces, porque ellos ya están jugados por la guerra y le apuestan a que continúe el desangre del país.

Con la firma del Acuerdo de La Habana entre el Gobierno Nacional y las Farc-Ep seguramente habrá una reconfiguración en el espectro político del país y se abrirán nuevos espacios para la ampliación de la democracia que permitan impulsar propuestas y acciones para los cambios que necesita el pueblo colombiano.

Pero todo dependerá de la movilización social: para que los contenidos del Acuerdo sean implementados y para evitar que la reacción de la extrema derecha y el paramilitarismo den al traste con ellos.

(*) Periodista independiente, editor de PARÉNTESIS.


Jamundí, Valle del Cauca, Colombia, miércoles 1 de junio de 2016.

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