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jueves, 1 de abril de 2010

Crónica. Tras el rastro de un viejo canoero

El misterioso caso de Guillermo

La historia de una familia del jarillón cuyo jefe desapareció, al parecer devorado por el río Cauca. Una viuda y sus tres hijos esperan que les resuelvan si tienen derecho a la pensión del esposo y padre perdido el 21 de julio de 2008. Mientras tanto, aguantan hambre y soportan miseria.

Texto y fotos: Eugenio Miguéz (*)

Cuatro años después de un incendio que arrasó varias viviendas en la invasión Brisas de un Nuevo Amanecer, sobre el jarillón del río Cauca, en la comuna 21, Distrito de Aguablanca, fui en búsqueda de un hombre que llamó mi atención, cuyo oficio era llevar trabajadores y estudiantes de una orilla a la otra del río.

En ese momento, en medio de mi trabajo, que era hacer un registro fotográfico de la devastación después del incendio, mi mirada curiosa se desvió a aquella escena de una canoa en la que transportaban bicicletas y señoras con mercados, pero lo que más me impactó fue el canoero, un hombre alto, de raza negra, sombrero, botas y un machete que colgaba de su cintura.

El miércoles 17 de febrero de 2010 volví al jarillón, pensé que el panorama había cambiado después del incendio. El paisaje volvió a ser igual, las mismas casas de esterilla, las pequeñas callejuelas, los techos, algunos de teja y otros de cartón, el olor a humedad y basura, los niños jugando en las calles descalzos. Una máquina extractora de arena fue lo nuevo que encontré.

Mi búsqueda se inició preguntando a un líder comunitario por aquel sitio donde trasladan personas de un lado a otro del río en canoa y, especialmente, por aquel hombre a quien pensaba entrevistar acerca de la relación de su vida con el rio. Yesid Saavedra, el líder comunitario, me presentó a Óscar Mera pensando que era la persona a quien yo buscaba.

Cuál no sería mi sorpresa cuando me di cuenta de que no era. Hice mentalmente una comparación muy rápida, el recién conocido es mucho más joven y corpulento, pero inmediatamente le pregunté si conocía quien yo buscaba.

“Sí, claro, yo conocí al viejo Guillermo Mina, hace más o menos dos años que desapareció, nadie sabe nada de él, dicen que se lo llevó el río, es que bebía mucho trago, tal vez en alguna de esas pasadas a su finca que queda al otro lado se caería borracho, no se sabe a ciencia cierta qué fue lo que realmente pasó, si el Cauca hablara, ¡maldita sea!…”

Yesid, quien también lo conoció, expresa: “Guillermo tomaba mucho viche (licor que se destila de la caña de azúcar) por el desengaño de la mujer, se dice por ahí que un amigo de él fue quien la embarazó, a él no le importaba pasar el río a la hora que fuera, de madrugada, noche o día y en cualquier estado, tenía mucha confianza con él, yo no lo veo desde hace dos años, los rumores son que se lo llevó el río porque después de una noche de borrachera se atrevió a desafiarlo. ¿O sería que se suicidó o lo suicidaron?”

Cuentan sus amigos que el trabajo fue el motor que movió a Guillermo a pesar de sus años. Su labor consistía en pasar personas de una orilla del río a la otra en canoa, siempre se sintió muy seguro haciendo estos recorridos, tanto así que muchas veces llegó a trabajar borracho.

Zoila Valencia Hinestroza lo conocía desde hacía 17 años. A él se refiere como un hombre trabajador, responsable, de muy buen ambiente, de buen humor. “Era chistoso, hacía reír hasta a un muerto”, dice y lo describe como amigable. Ella se conduele mucho de cómo quedó la familia, porque ahora les toca vivir del reciclaje. “Tuvieron que irse de la casa porque no tenían con qué pagar los servicios”, comenta.

En Domingo Largo, corregimiento de Candelaria, al otro lado del río, Guillermo nació el 30 de abril de 1932. Allí se crio con su familia, trabajó durante mucho tiempo hasta pensionarse de una empresa avícola. Su pasión por el río hizo que comprara un bote y continuara trabajando como canoero.

El día que desapareció vestía una camisa a cuadros de color rojo, un pantalón amarillo, sombrero de cuero con la estampa de un caballo, calzaba botas cafés. El sábado 20 de julio de 2008, Guillermo llegó a las seis de la tarde a su casa con una gallina para preparar un sancocho. El domingo se levantó muy temprano, encendió el fogón y lo preparó, tomó viche hasta las tres de la tarde, hora en que salió de la casa rumbo al sitio donde pudo abordar un carro que lo llevaría a Decepaz.

El Amor de Martha y Guillermo
Después de un corto viaje en un jeep desde Brisas de Nuevo Amanecer llegué a Potrero Grande, barrio de pequeñas casas de ladrillo y de calles pavimentadas que fue subsidiado por la Alcaldía de Cali, cajas de compensación familiar y la CVC para 120 familias que estaban invadiendo el jarillón del río Cauca. Muchas personas de este sitio también conocieron al canoero.

Quería averiguar por la familia de Guillermo, ya tenía algunos indicios dónde podrían darme información, me habían comentado que la esposa y sus hijos vivían en este sitio. Al indagar cuál era la casa respondieron que ya no vivían por allí.

Por fin llegué al sitio indicado, un taller de reparación de bicicletas. El dueño de este taller si conocía a la esposa, Martha Cecilia Valencia, cruzamos algunas palabras, me dio el número de un celular. Esperaba que contestara mi llamada, porque a la hora que marqué debía encontrarse trabajando en el reciclaje. Tuve suerte al poder establecer contacto con ella. Me citó para las cuatro de la tarde en su casa.

Martha Cecilia Valencia (en las fotos) tenía 19 años y vivía en Juanchito cuando conoció a Guillermo Mina, un hombre maduro (57 años). Él pasaba en su bicicleta todos los días a su finca que quedaba a pocos kilómetros. “Yo apenas lo miraba y él me sonreía”, expresa Marta Cecilia, quien ahora tiene 38 años.

Ella no olvida el día que Guillermo le dijo: “¿Mamacita cómo está, cómo me la han tratado, qué hace tan solita por aquí, quiere ir a conocer mi finca?, vaya y me hace un almuerzo”, a lo que ella respondió: “¿A usted no le da miedo que alguien desconocido vaya a su casa?”… Esta fue la primera vez que Martha entró a la casa de Guillermo para quedarse 19 años. De este amor nacieron sus dos primeros hijos.

Ahora la viuda vive en una casa de invasión situada en el jarillón del río Cauca, paga $20.000 mensuales de arriendo por una casa que solamente tiene dos cuartos en ladrillo, la fachada está hecha en diferentes materiales: desde guadua, hasta cartón.

El forro de un colchón viejo cubre la “puerta” de entrada a la vivienda, las ventanas son dos grades boquetes por donde se cuela el agua cuando llueve, no existen puertas en las habitaciones. Allí vive Martha con sus tres hijos: Guillermo Alexander, de once años; Roiman Iván, de ocho, y Carolina, de cuatro, más el que lleva en su vientre desde hace cinco meses.

La cocina es el mismo cuarto donde duerme ella con su hija menor en una vieja cama de madera, a los lados están la estufa, el televisor, un gran bafle de sonido negro y toda clase de utensilios que seguramente los ha encontrado en sus largos recorridos de reciclaje. Todo se encuentra en un espacio de cuatro metros sobre piso de tierra.

En la habitación contigua, que tiene extensión igual a la anterior, se hallan dos camas: una hecha con patas de guadua que están sembradas en el piso y otra de madera. Esta se ve más solida. Hay ropa que cuelga de alambres en todos los sitios del lugar.

El patio está totalmente tapizado de papel, plástico y botellas de licor. El olor a basura se mezcla con el de un par de huesos de res con diminutos trozos de carne saturado de moscas verdes. “Hay gente de buen corazón que me da los huesos, es la única carne que comemos mis hijos y yo”, dice Martha.

Sobre una colcha verde hay tres retratos donde aparece Guillermo. Una niña de cara sucia entra intempestivamente, toma un retrato y dice: “¡Papá Guillermo!”, en tanto que su madre cuenta que ella no es hija de Guillermo.

Carolina fue consecuencia de un amorío de Martha con otro señor a raíz de una separación de su esposo durante tres meses… “Ella es el mejor regalo que Dios me dio. Cuando Guillermo supo lo del embarazo lo único que dijo fue que él se hacía cargo de la barriga”.


Las largas jornadas en el río
Guillermo tenía otra familia con cuatro hijos cundo conoció a Martha, pero ello no impidió que este amor se realizara durante tanto tiempo. Él le enseñó el oficio de pasar gente en la canoa, incluso se turnaban el trabajo. Según ella, Guillermo prácticamente la terminó de criar.

Las jornadas comenzaban a las seis de la mañana hasta las seis de la tarde, pero se incrementaba al comenzar la mañana y al caer la tarde. Llegaron a tener cuatro botes, el primero lo obtuvieron con un préstamo de $300.000 y posteriormente se lo robaron.

“El segundo lo construimos los dos, la gente lo denominaba el ataúd, una vez que estaba lloviendo demasiado, el rio se puso muy corrientoso, en la canoa yo llevaba cinco personas, cuatro varones y una niña: No sé por qué razón el bote en el centro del rio se me hundió, fue de mucha angustia, menos mal que todos sabíamos brasear, a la niña la saqué yo y el bote se lo llevó la corriente, lo encontramos a los 15 días pero ya no servía para nada, es que a esta canoíta le metíamos hasta 12 pasajeros”. Los otros dos botes también se los robaron “Por aquí hay mucha envidia”, agrega Martha.

“Trabajamos muy duro para mantener a nuestros hijos, lo único es que Guillermo tomaba casi todos los días, incluso mantenía la caneca de viche bajo la patilla del bote (debajo del sentadero). En sano juicio era buena persona, respondía por todo, pero borracho boleaba machete al piso, es que él tenía muchos enemigos, una vez le metieron un tiro, no fue tan grave, pero duró ocho días en el Seguro Social. El otro día también le pegaron una puñalada. Varias veces lo sacaron del río borracho, si no es por el sombrero no lo encuentran, a mí me tocó sacarlo más de una vez”, agrega Martha.

“Yo lo acompañé hasta el transporte ese día que desapareció, incluso me regaló cinco mil pesos, me devolví y no supe más de ahí hasta el día lunes que lo fui a buscar, pero no lo encontré, me dijeron que lo vieron llegar a la orilla del rio”.

Lo declararon desaparecido. La búsqueda ha sido muy difícil, relata. “Lo busqué en la morgue, los hospitales, bueno, en muchas partes”. Para seguir la búsqueda, Martha tuvo que vender la finca en $1.500.000. Cuenta que intervino la Fiscalía y le insinuaron que se trataba de una desaparición forzada.

Recuerda que una tarde él estaba como aburrido y le dijo: “Mija, yo siento algo, no sé qué me pasa, hagamos un papel, de pronto me pierdo, tal vez me maten”. “Él me dijo que lo hiciéramos y vea, desapareció a los tres meses, me tocó que ir a declarar a la Fiscalía”.

Desde el momento de su desaparición ella no ha tenido la vida tranquila, ha sufrido bastante, sus hijos le preguntan por él y más cuando tienen hambre. Muchas veces no comen en todo el día. “Los niños están estudiando, pero no tengo nada para pagar en la escuela, los cuadernos que usan los recojo en la basura, les quito las hojas usadas y quedan las limpias para que ellos trabajen”.

Ahora Martha se encuentra a la espera de un fallo final de las autoridades con respecto a la desaparición de Guillermo, de tal suerte que ella pueda acceder a la pensión correspondiente de su esposo.

(*) Estudiante de Comunicación Social de la Universidad Santiago de Cali, USC.



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