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miércoles, 12 de marzo de 2014

Crónica. Un recorrido con las trabajadoras de Cali


Colombia: mujeres que luchan

“Sigo mi camino, es largo y culebrero como dicen por acá. Paso tras paso llegó al sistema de transporte masivo, que en algún momento nos vendieron como el gran invento que integraría la ciudad y que sobre todo generaría más empleo… y digno… Pero como dice mi compañero, ‘¡Error!’”.

Por Laura Alba Santa (*)
Salgo a la calle, son las 6 de la mañana y unos minutos más, camino dos, tres, cuatro cuadras… ¿Qué veo? Mujeres y hombres que en su espalda llevan el ‘valor agregado’ de un país ‘libre’…

- Buenos días, me regala por favor una arepa con queso para llevar…

-Con gusto, ¿con mantequilla y sal?


Me responden dos mujeres caucanas, de baja estatura como es costumbre encontrarlas. En su sonrisa se dibuja una montaña…

Sigo mi camino, es largo y culebrero como dicen por acá. Paso tras paso llegó al sistema de transporte masivo, que en algún momento nos vendieron como el gran invento que integraría la ciudad y que sobre todo generaría más empleo… y digno… Pero como dice mi compañero, “¡Error!”. Me atiende de nuevo una mujer en la taquilla…

- Señorita por favor me regala 3 pasajes…

- Si claro, permítame un momento…

Observo y no veo un solo baño a su alrededor. Sólo una cabina de uno cincuenta por tres metros, un aire acondicionado y una caja fuerte…

- Disculpe, y… ¿usted cómo hace para ir al baño o para almorzar?

- Nos toca pedir permiso al vigilante para que nos abra, debemos dejar todo por escrito, y de ahí buscar un baño en los negocios de por el sector…

- ¿Y cuándo están enfermas? ¿Por qué uno se enferma o no?

- Es complicado, a veces pasa, pero debemos aguantar…

Me acordé de esas noticias que salían en los medios masivos de comunicación, donde había quienes se mostraban escandalizados porque en una empresa de país del ‘otro lado del charco’ obligaban a los trabajadores a usar pañal para no ‘interrumpir’ la producción. Y pensé: “¡Mierda! ¿Y esto entonces qué es para que no se escandalicen?”

Debo seguir mi camino, me esperan 50 minutos transportándome de un lado al otro. Sólo hay una idea en mi cabeza en ese momento… ¿por qué diablos madrugar?

Paso la taquilla y no dudo en saludar al vigilante, aunque él sí duda en responder el saludo. Dos, tres, cuatro pasos… ¡Ahí va el E37!, ruta del día a día… amo mis zapatos deportivos… pique y llegó a la puerta del bus.

Hay 112 pasajeros de pie, 48 sentados, ¿rostros conocidos?, ¡Claro! Ahí están.

- Buenos días, hoy vamos como tarde, ¿no?

- Si un poco, la verdad es que la ruta del niño se tardó en pasar y usted comprenderá.

- Claro, primero lo primero.

¿Primero lo primero… Primero lo primero? Caigo en cuenta, ¿qué puede ser primero para una madre? Pues sus hijos, ¿no? Y, ¿qué puede ser primero para una mujer que no es madre…?…

Sigo hacía el fondo del bus y tomo asiento, a mi lado una joven con un uniforme que dice ‘Estudiante de Medicina’, qué bacano. Me acordé cuando estuve a punto de entrar a una Escuela de Medicina en Bogotá; debe ser tremendo, pero desgastante ser médica. La veo leyendo y leyendo, se pone un paquete de fotocopias en su frente, y dice no poder más. Creo comprenderla. Porque esa sensación, su sensación, que percibí en ese momento, era la que yo no quería experimentar y por eso rechacé la opción de hacerme ‘doctora’. Se aproxima su parada, la veo intranquila, es evidente que tendrá un día pesado, se baja del bus y la veo caminar y reflexiono… otra mujer luchando.

Es curioso, en esa misma parada donde se baja la estudiante se suben cuatro mujeres, que ya me les sé la parada, Chiminangos. Se suben y entre risas y gritos empiezan:

- Flor, Flor, acá hay puesto.

- Nooo, espere, que acá hay, venga usted más bien.

- Marisela, venga, venga que acá le guardé puesto.
Es bien chistoso, porque es de siempre esa conversación que llevan de punta a punta en el bus, un bus de casi 18 metros de largo. Finalmente las ve uno sentadas y cotorriando. Todas ellas van para una empresa que queda a dos cuadras de su parada del bus, allí se dedican a coser, a la confección. En esa empresa siempre hay un aviso que dice ‘Se buscan mujeres que manejen máquina plana’. Pero bueno, aún no hemos llegado a ese lugar y el bus empieza a vaciarse, la mayor parte de personas se quedan por donde están las zonas industriales. Obvio es una hora donde el que madruga es porque va a trabajar.

Descienden del bus muchas personas, muchas mujeres, que vuelvo y caigo en cuenta, van es a luchar.

¡Llegamos!… Última parada, Chiminangos.

Barrio del norte de la ciudad, una estación abarrotada de gente, entran y salen cientos de personas que ya por el afán ni piden permiso, es hora del pogo, como decimos entre los amigos.

Permiso, permiso, permiso… una, dos, tres, diez, doce, cuarenta mujeres haciendo fila para comprar el tiquete, mujeres intentando entrar al sistema de transportes, mujeres intentando subir al bus, mujeres saliendo de la estación, mujeres en el semáforo, mujeres tomando taxis, mujeres en sus vehículos, mujeres en bicicleta, mujeres en el andén… mujeres y más mujeres…

¿Qué viene siendo el trabajo sino más que una batalla diaria por querer ser quienes somos, quienes soñamos ser? ¿No es el trabajo un campo de combate donde peleamos por un país renovado?

Entonces, ¿para dónde van?

A donde vamos todas: van para la trinchera… ¿A qué van?… A lo que vamos todas: a luchar por los sueños.

Cali, Colombia.

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