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martes, 18 de mayo de 2010

Crónica. Una casa pesebrera en El Retiro

Mi vecino es un caballo

La historia de una casa del barrio El Retiro en la que los moradores son 16 caballos. Farolito, Pasatiempo, Ilusión, Campanero, Tabernero, Luna, Mocho y Colimocho disfrutan de todas los cuidados y viven como reyes.

Texto y fotos: Héctor Fabio Mosquera (*)
A doña Julia, habitante del barrio El Retiro, ya no le resulta extraño que además de los gritos de su vecina, sus oídos se hayan acostumbrado al relinchar de 16 caballos que viven en la casa de al lado, convertida en una improvisada pero cómoda pesebrera desde hace seis años.

Las noches del jinete sin cabeza y los ruidos inexplicables en las paredes, que perturbaban el sueño de niños y grandes, quedaron atrás. Ya los únicos que interrumpen el descanso nocturno son los mosquitos y zancudos, vampiros diminutos que se incuban por el estiércol de estos peculiares habitantes.

Como cualquiera otra en el sector, desde afuera parece una de tantas apiñadas entre las cuadras que conforman la manzana. De fachada blanca y andenes en los que aún quedan los recuerdos de navidades pasadas.

Los rayos de sol, que con la vespertina recaen sobre sus paredes, se filtran entre los barrotes lánguidos de hierro puestos en las ventanas, para permitir un sutil baño de calor sobre el pelaje de Mocho y Consentido, dos de los afortunados con vista al caño de aguas negras que mezcla su hedor con el orín fermentado y el olor a la miel de purga en el suelo.

Junto a ellos, en dos pisos y habitaciones individuales, viven Farolito, Pasatiempo, Ilusión, Campanero y Tabernero. El recorrido hacia los dormitorios superiores continúa por unas gradas, cuyos escalones se pierden con el aserrín que tapiza el suelo, como una lujosa alfombra, protegiendo los cascos de Luna, Mocho y Colimocho; vecinos de Careto, que a diario deben subir y bajar, para tomar el baño.

Todos, sin excepción, son cuidados y mantenidos para cabalgatas y elevar el ego de sus propietarios, quienes confían sus bestias a la experiencia de Jair Rentería, un joven de 20 años quien desde hace 10 descubrió su gusto por los animales.

“Un día empieza desde muy temprano: hay que limpiar la pesebrera, darles el baño a cada uno, cepillarlos, ponerlos bien bonitos. Luego se les da el desayuno, pero siempre mantenerlos para la llegada de los dueños, que los montan más o menos hasta las 10:00 u 11:00 de la noche”, afirma Jaír.

Por ello, quienes confían el cuido de sus ejemplares no dudan en cancelar cumplidamente la mensualidad de cien mil pesos por el alquiler de cada una de las habitaciones para la comodidad de los ecuestres.

“Uno confía el cuidado de los caballos a este muchacho por la pasión y la dedicación con que los consiente”, dice James Toro, dueño de Farolito.

“Los cien mil pesos incluyen la alimentación básica de yerba y miel, el baño y el cepillado. Las vitaminas, como las vacunas, son traídas por los propietarios”, aclara Jaír.
El mantenimiento de estos equinos demanda gastos extras que deben ser cubiertos con prontitud. Por ello, Jaír ha establecido tarifas fijas.

Por ejemplo, el herraje de los cascos cuesta diez mil pesos, el corte de pelo para las yeguas, dos o tres mil, dependiendo de los gustos del propietario y de la complejidad a la hora de ejecutarlo.

Esta casa hace parte de las diez pesebreras improvisadas que existen en Cali y que no deja de generar inquietud entre la comunidad del sector.

“A mí me parece perjudicial, por los mosquitos y la basura que se amontona en el sector. Fuera de eso, es muy maluco que cada fin de semana ese sea el lugar de rumbas y escándalos en el sector y aunque no le hacen mal a nadie, ellos se pasan borrachos, poniendo en riesgo la vida de los niños, ¿pero uno ante quién se queja?”, alega Doris Arboleda, vecina de la pesebrera.

Sin embargo, una versión distinta tiene Jaír. “Una vez nos íbamos a ir del sector y muchos vecinos salieron a hacer protesta, pedían que no. Para ellos es mejor, porque esta casa espanta los viciosos, por lo que nunca mantiene sola. Siempre hay movimiento”.

Hay quienes afirman que el ingenio del colombiano no tiene límites. Resulta paradójico que mientras a escasos metros a la redonda el hacinamiento de muchas familias de éste sector es la constante, 16 caballos hayan sido acomodados en cada una de las habitaciones de la casa y con espacio para más.

(*) Estudiante de Comunicación Social de la Universidad Santiago de Cali, USC.


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