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jueves, 14 de junio de 2012

Controversia. La promesa de las cien mil casas de Santos



Foto tomada de agendapu.blogspot.com
 El baloto viviendista

De la invasión, la piratería y la autoconstrucción pasamos a la especulación. En la mayoría de ciudades colombianas la tierra urbanizable quedó en manos de carteles y grupos económicos que se enriquecieron, comprando herencias y a propietarios quebrados.

Por Carlos Victoria (*)
El hiperministro de vivienda anunció que  los capitanes de la política local no serán los beneficiarios de las 100 mil viviendas. Que  todo dependerá de una rifa. De un sorteo. Vargas Lleras instaurará, según eso, un nuevo derecho: el derecho a ser suertudo. Con ello, dijo, pretendería eliminar la talanquera  clientelista que  por décadas ha sido uno de los motores electoreros por excelencia. A la postre unos buenos potes de perfume bendicen el arranque de esta locomotora que alista baterías y urnas para cosechar votos, finalmente. La exclusión, en últimas, se tramitará bajo el azar.

La vivienda social ha sido la carnada que alimenta la simbiosis entre pobreza y clientelismo. Es el caldo de cultivo para que la corrupción política y comunitaria sea eficiente. Lo que es un derecho se vuelve un contrato parasitario. La mediación politiquera reproduce un espiral de inequidad y exclusión por la vía de la institucionalización de la necesidad. No es, por tanto, resultado de un contrato democrático, ni mucho menos de justicia social. Responde al cálculo de tener contento a los pobres, aunque sufran. Esta es una de los logros de las redes privadas de dominación social. El problema es que son 20 millones!


La prueba de esta transacción pasa por varios escenarios. La baja calidad de la construcción es una. Las recientes denuncias sobre el deterioro de las viviendas levantadas en el proyecto de El Remanso y Tokio en Pereira, es la prueba fehaciente que la vivienda para los pobres, además, es tan pobre como la política misma que la inspira. El otro escenario pasa por la secuela de desalojos en distintos puntos de la ciudad, como en La Cascada y los que se anuncian en El Danubio. Ahí si que hay tela de donde cortar: estas familias deberán adquirir el Baloto de Santos? o hacerle antesala a los Honorables dueños del señuelo? Pregunto: ¿Cuántas veces le prometió el Senador Soto a las familias de El Danubio su anhelada escritura?

De la invasión, la piratería y la autoconstrucción pasamos a la especulación. En la mayoría de ciudades colombianas la tierra urbanizable quedó en manos de carteles y grupos económicos que se enriquecieron, comprando herencias y a propietarios quebrados. Impotentes para pagar impuestos. Los departamentos y municipios dejaron en manos del mercado inmobiliario la suerte de los planes de vivienda. Los bancos de tierra desaparecieron. Los barrios que impulsaron solo se quedaron en cemento y ladrillo. Ahora son territorios donde gobierna la ilegalidad armada. No hay tierra para la gente pobre. El negocio ya está hecho, de todos modos: las tierras para vivienda social están exentas de impuestos. El negocio es jugoso.

“El modelo neoliberal que se ha venido gestando, ha transformado el estado como garante del derecho a la vivienda, en un oferente y constructor de la misma, un facilitador que actúa desde la demanda, dejando como en otros sectores del país el tema de lo habitacional, en manos de especuladores que se mueven en el mercado inmobiliario”, sostiene una de las conclusiones los Administradores Ambientales, Estefany Soto y Santiago López Jiménez, en su tesina de grado de la UTP.

Estos vaivenes solo fueron posibles gracias al escamoteo politiquero del llamado viviendismo y el desarrollo comunitario, bajo la sombrilla de la autogestión. En fin, ni desarrollo ni comunidad. Lo que construyeron fueron redes de clientela al servicio de políticos profesionales, expertos en el trámite de licencias, permisos, y regateos ante las propias colocas en puestos claves de la administración pública, y un seudo ambiente de participación democrática a través de consejos y asambleas comunitarias para repartir galletas (cemento y ladrillo). En resumen: vivienda social –ahora con apellido nuevo: prioritaria- es sinónimo de discursos, votos y fidelidad banderiza. Los pobres lo disfrutan y los políticos lo maximizan.

Es en este contexto en el que hay que sopesar el anuncio de las cien mil viviendas ofrecidas por Santos. Pura munición electoral para ser usada a casi dos años de elecciones al Congreso y la Presidencia. Combustible perfecto para impulsar la locomotora electorera. La maquinaria viviendista impondrá su ritmo mediante una bien aceitada maniobra, como siempre ha sucedido  a lo largo de la historia. Ah, y a rezar se dijo para salir favorecido. La parafina que produce Ecopetrol se agotará: millones de velas serán encendidas tras el milagro de salir “favorecido” en el baloto viviendista.

10 de junio de 2012

(*) Editor del portal Agenda Ciudadana.

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