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lunes, 25 de octubre de 2010

1. Crónica. Textos de una Cotidianidad Abrupta...


El libro que esperó 27 años

El siguiente texto fue leído en el acto de presentación del libro Descifrando huellas. Periodismo del mimeógrafo al ciberespacio, cumplido en el Auditorio Auxiliar el Aula Máxima de la Universidad Santiago de Cali, USC, el miércoles 20 de octubre, con nutrida asistencia de estudiantes, docentes, periodistas y público global.

Por Luis Alfonso Mena S.
Apreciados amigos y amigas: Antes que todo, quiero dedicar esta noche y el libro que presentamos en ella a dos seres maravillosos: mis padres, Luis Alfonso y Mercedes, hacedores de amor, vida y ejemplo.

Mi padre, denodado amante de la vida e imbatible defensor de la honradez, hoy acompañándonos de corazón, pues sus 96 años ya no le permiten caminar a nuestro lado, como lo hizo siempre, de frente y por la línea recta.

Mi madre, leal y noble heroína del sacrificio que sobrevivió una noche y muchos días al sufrimiento espantoso de perder a su hijito de siete años en las aguas profundas y tenebrosas de un río que bordea a Cartago, mi tierra natal, cuando quien les habla todavía dormitaba en el vientre de la joven mamá.

A ellos dedico este esfuerzo académico y periodístico. También agradezco a Susan, a Poncho, Santiago y Jacobo, mi familia, mi entorno cotidiano, por su paciencia y su acompañamiento. Y a mis hermanas, por su solidaridad.

De igual forma, a Pablo Erney Pérez, quien puso toda su imaginación y creatividad en el diseño y armada del libro. A Oswaldo Páez, Áymer Álvarez y James Arias, tres de los mejores reporteros gráficos de este país que me honraron con las fotos de portada y solapa. A Alberto Ramos e Ildebrando Arévalo, por sus observaciones sobre el libro.

Muchas gracias a Lisandro Penagos, el querido profesor de periodismo televisivo de nuestra Universidad Santiago de Cali, USC, por comentar el libro; a Adolfo Ochoa Moyano, uno de nuestros egresados más aguerridos y calificados, ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 2010; a Liliana Marroquín, directora del Programa de Comunicación Social de la USC, y al maestro José Omar Salazar, dirigente del Sindicato de Profesores de la Usaca, Siprusaca, por su participación en este acto.

También, gracias a todo el Sindicato de Profesores de la Universidad por su solidaridad y a tantos amigos y amigas, profesores, periodistas y estudiantes que me han expresado su alegría por el suceso de mi libro y lo han sentido como un logro propio.

Recuerdo en este momento a aquellos colegas que ya no nos acompañan, el último de los cuales, Jaime Gallego, partió de este mundo tan solo ayer. Para él, lo mismo que para el querido Adolfo Pérez Arosemena, para Didier Aristizábal, Alirio Mora Beltrán y tantos otros periodistas desaparecidos va dedicado también este libro.

Quiero hacer mención especial hoy de una persona que hace parte de la parábola que traza este libro. Hablo de don Jaime Dávila. Una de las tantas paradojas que dibuja la vida en los seres humanos la protagonizó él. Don Jaime fue la persona que me practicó el examen de ingreso al primer medio masivo de comunicación en el que laboré de planta, el diario Occidente.

Ocurrió el 15 de julio de 1981. En la sección de clasificados del periódico El País apareció el aviso: Se necesitan bachilleres con buena ortografía para la corrección de textos, decía. Entusiasmado vi allí la oportunidad de ingresar al mundo de los medios masivos, aunque ya había ejercido, desde 1978, como corresponsal de Voz Proletaria, siendo aún estudiante de bachillerato.

Acompañado por Álvaro Rodríguez, uno de mis cuñados, salí temprano de la Universidad del Valle, donde iniciaba mi carrera de Comunicación Social, y corrí a la cita con don Jaime. Él me evaluó y me dio el empleo. Fue mi maestro en el arte de la corrección durante un año que laboré en el periódico de la 12, como se le conocía a Occidente. Una de las sensaciones que más me impactaba de este periódico era el olor a tinta de la rotativa que se percibía desde la entrada misma. Hoy, en vez del tronar de las máquinas impresoras sólo se escucha el “Sígase, señora, le tenemos su prenda” de un anunciante callejero del almacén de baratijas en que fue convertida la sede del diario.

Pues bien, cuando luego de muchas vueltas, de buscar la imprenta que mejor trabajara, pero que se adecuara a mi exiguo presupuesto, Feriva resultó ser mi elegida. Ella, con buen tino, revisa los libros, aunque, como sucedía con el mío, tengan corrección previa. Me complació la idea de que Descifrando huellas… fuera sometido a una nueva corrección de pruebas. Siempre he dicho que un texto debe revisarse ad infinitum.

Cuando terminó el proceso me enteré de que quien había cumplido con ese papel de extraordinaria importancia había sido mi maestro de 29 años atrás. ¡Qué paradoja! ¡Qué alegría! “Te fajaste, Luis Alfonso”, fueron las palabras de aliento cuando hablé con él de nuevo, después de 28 años sin haberlo visto ni una vez. Gracias, don Jaime. Te fajaste, maestro.

El  inicio de la crónica
La crónica de Descifrando huellas… empezó a escribirse hace muchos años, cuando recién concluido mi trasegar por uno de los periódicos de la ciudad, en 1984, hice en una máquina Remington una selección de crónicas y reportajes que, con la firme idea de convertir en un libro, titulé Textos de una cotidianidad abrupta.

Eran 40 artículos escritos en el estigmatizado diario El Caleño, entre el lunes 3 de enero de 1983 y el martes 4 de octubre del mismo año. Es decir, el propósito de escribir este libro cumplió el pasado lunes 4 de octubre 27 años. Eso estuvo suspendido en el tiempo por las mismas razones de hoy: falta de empresa editora, ausencia de fondos para ser editor.

Pero el sueño estuvo siempre ahí, hasta hoy. Primero nacieron dos libros, el 16 de septiembre de 1996 el Manual de estilo de la Redacción de El País, y el 9 de febrero de 1999 el Primer manual de derecho para periodistas. Y mis tres hijos. Y centenares de artículos escritos en todos los géneros periodísticos y reproducidos en todas las técnicas.

Aquellas 40 crónicas y reportajes quedaron aprisionados entre mis archivos, de casa en casa, cubriéndose bien para evitar su caída de los anaqueles y perderse en algún trasteo, clamando de cuando en cuando que no los dejara envejecer más, hasta que se fugaron al libro que nos congrega hoy. Se fueron introduciendo en él, con la paciencia que les había enseñado esperar tanto.

No todos alcanzaron los 300 alojamientos de Descifrando huellas... De los 40 sólo clasificaron 9 de aquella compilación, porque 3 corresponden a textos escritos en el mismo periódico, pero en 1986; 61 textos llegaron procedentes de mi permanencia en el diario El País; 8, del enclenque, pero adorable, Paréntesis, el periódico que hago con mis estudiantes de la Universidad Santiago de Cali y que se ha vuelto el decano de los ‘cadapuedarios’ de nuestra ciudad, porque sale cada que puede, esto es, cada que nos podemos meter la mano al bolsillo para pagar su impresión, y 26 artículos más salieron de nuestro nuevo refugio, ¡Periodismo Libre!, la revista virtual en la que hoy habitan mis esfuerzos de reporterismo alternativo e independiente.

En el resto de las páginas de este libro aparecen textos publicados originalmente, de a uno, en El Tiempo, El Pueblo, Rumbo 56, La Opinión, VOZ y Lucha Universitaria. Hasta una crónica de radio, guardada en mi archivo de guiones de los noticieros en los que laboré, alcanzó cupo entre los 115 documentos de esta selección. Y, también, una semblanza inédita de mi padre.

En Textos de una cotidianidad abrupta, el libro que nunca fue impreso, a mis 24 años, aparece ya el interés pedagógico por los géneros y mi afán por hacer su taxonomía, su clasificación. Decía hace 27 años, aún enfundado en la escafandra infranqueable de las pasiones estudiantiles, que aquella selección de 40 artículos nos permitía “asomarnos al desarrollo de los géneros periodísticos, establecer con la praxis cotidiana y veloz sus diferencias y sus entronques, más aún en un medio en el que se suele confundir el género informativo escueto –la noticia—con otros”.

Descifrando huellas… es, pues, una crónica de 27 años, o más, si nos remontamos a los momentos que describo en la introducción del libro, cuando aún en la escuela secundaria ya andaba con el bicho adentro, y en el tormentoso año 1973 escribí mi primer texto en un rústico cuadernillo impreso en mimeógrafo que su director, otro alumno del viejo colegio Intenalco, denominó Voz Estudiantil y cuyo único ejemplar, envejecido, amarillo y poroso venció los retos del tiempo y, como los 40 artículos de El Caleño, resistió los embates de las polillas, los hongos y los afanes. Una foto suya, captada por Santiago, uno de mis hijos, autor de las fotos interiores del texto, se coló también en este libro, y se reservó uno de sus 300 aposentos.

Este libro es también una memoria que se desplaza en una parábola de tres décadas recogiendo huellas periodísticas, interpretándolas, descifrándolas. Reunidas en una selección que casi no termina, porque quien hace una compilación propia quiere incluirlo todo, ellas, las huellas, llegaron en socorro de otras, menos lejanas en el tiempo, las de la teoría sobre el uso de los géneros, labrada por mí durante tres lustros de docencia universitaria.

Por eso, este libro es una conjunción de los criterios que empleo en la enseñanza del periodismo y de la manera de materializarlos en textos. Cada capítulo en el que las huellas se riegan como noticias, entrevistas, crónicas, reportajes, análisis, columnas de opinión y otros tantos géneros contiene la formulación teórica de qué son y cómo hacerlos. Es la consecuencia del primer libro, el que no se imprimió nunca, hace 27 años, en el que ya aparecía la preocupación por definir cada género, cada molde.

Los editores independientes 

Pero Descifrando huellas… es, asimismo, un ejercicio libre, sin ataduras, como debería ser el periodismo todo. En mi caso, un ejercicio de editor independiente, es decir, de aquel que no sólo escribe su texto, sino que desarrolla todo el proceso de su producción y lo financia, así sea, como en nuestro caso, con fondos salidos de sus desfondados bolsillos de profesor universitario.

En una sociedad como la nuestra, en la que el respaldo de las editoriales grandes es nulo y sólo se premia con la impresión textos de los famosos sobre los famosos, la propuesta académica de un profesor no resulta atractiva ni vendedora.

Colombia está inundada de decenas de libros sobre secuestrados, narcotraficantes, asesinos y senos escritos muchos por redactores a la sombra convertidos en amanuenses de los nuevos subgéneros. Es lo que corresponde al mundo del consumo, a uno de los “ideales” del capitalismo, que sólo produce lo que vende masivamente, pues el p y g tiene una ecuación invariable: no se admiten las pérdidas, sólo las ganancias, aún a costa de la calidad y del valor.

Los editores independientes, aquellos que deciden producir y publicar obras por su contenido y no sólo por el personaje de moda; aquellos que se la juegan por temáticas, fenómenos y problemáticas tratados desde ópticas alternativas; aquellos que quieren aportarle a la sociedad desde visiones diferentes a las de los discursos hegemónicos, son como gotas de agua en el desierto.

La historia de la humanidad está llena de soñadores altruistas sin los cuales miles de documentos nunca habrían visto la luz. En los años 70 y 80 del Siglo XX Colombia misma se vio iluminada con la aparición de centenares de libros impresos por editores independientes que hablaban de revolución, de economía política, de filosofía dialéctica, de la nueva historia, de literatura vernácula.

Pero luego, muchos de los editores que se la jugaban por los nuevos autores y los nuevos enfoques sucumbieron ante el ritmo arrollador del capital, o cedieron frente al egoísmo que trae consigo la empresa capitalista. Otros terminaron engullidos por la serpiente enorme de los monopolios de los libros.

Hoy estamos sujetos a las determinaciones de las grandes editoriales que imponen las temáticas y los actores; que dictan las condiciones, gobiernan los contenidos, determinan los diseños y se quedan con la mayoría de los derechos patrimoniales. ¿Qué hacer?

Una respuesta sería no hacer nada. Esgrimir la disculpa de las dificultades tan variadas: que hoy la gente no lee, que la Internet derrotó al libro de papel y tinta, que para qué estrellarse contra el mundo, que “primero está la papa”, que no vale la pena…

Pero quienes creemos que el libro de papel y tinta sigue teniendo vigencia y que su peso político y social y sentimental y hasta espiritual es irremplazable continuamos apostándole y queriéndolo y hasta estrellándonos contra el mundo de los lugares comunes y las excusas que disfrazan, como en una eterna noche de brujas, el conformismo y el acomodamiento.

Hoy no solo necesitamos más libros de papel y tinta para poderlos llevar debajo del brazo, porque en cualquier fila los podemos leer sin estar pendientes de la batería baja, porque los podemos rayar y anotar y resaltar, porque los podemos palpar y oler y conservar en nuestros entornos más queridos, sino que requerimos de editores independientes que pugnen porque los libros que los pulpos oligopólicos nunca publicarán vean la luz sin que hablen sólo de famosos y de trivialidades, para que otras ópticas y visiones de la realidad y de la sociedad se abran paso.

Así, pues, la edición del libro que alisté siendo un muchacho, como tantos de los queridos estudiantes que esta noche nos acompañan, llega a su fin hoy. Textos de una cotidianidad abrupta se transformó en Descifrando huellas. Periodismo del mimeógrafo al ciberespacio. Es el libro que esperó 27 años. Pero creo que ha valido la pena.

Muchas gracias, queridos amigos.

1 comentario:

  1. Felicitaciones y muchos nuevos logros con la publicación de su libro. Muy ilustartivo e interesante el registro que se presenta en el blog sobre el evento. Y en seguimiento del camino "del mimeógrafo al ciberespacio" le sugerimos publicar todo el libro en edición virtual, bien sea para acceder de manera gratuita o con pago.
    Atte., NTC … Nos Topamos Con …
    http://ntcblog.­blogspot.com/ , ntcgra@gmail.com .
    Cali, Colombia, Octubre 27, 2010

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