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lunes, 4 de octubre de 2010

Análisis. Qué hay detrás del atentado a Correa

El pueblo derrotó el golpe

* La oligarquía del continente tiene en la mira las revoluciones de Ecuador, Venezuela y Bolivia. No les perdonan que hayan optado por el Socialismo del Siglo XXI.

* Fue determinante que los ecuatorianos se movilizaran en apoyo del Presidente que la élite pretendía derrocar o eliminar.

* A diferencia de otros levantamientos, en esta ocasión la población no quería tumbar el Gobierno sino defenderlo.

* El Ejército, en principio vacilante, ante la firmeza de la mayoría ciudadana anunció su lealtad a Correa y los golpistas se quedaron sin apoyo militar.

* A la depuración de la mafia policial debe seguir el fortalecimiento de la unión entre Correa y su pueblo, con mecanismos de poder popular.

Por Luis Alfonso Mena S. (*)

El pueblo ecuatoriano enfrentó con resolución el jueves 30 de septiembre el golpe de Estado fraguado contra la revolución ciudadana que lidera el presidente Rafael Correa, y evitó que éste fuera asesinado por los protagonistas de una asonada policial detrás de la cual se agazapaba la ultraderecha.

En Ecuador, como en Venezuela, tienen ocurrencia transformaciones sociales y políticas que las oligarquías del continente tratan de revertir, como ya lo intentaron en 2008 en Bolivia, otro país en revolución.

La ofensiva contrarrevolucionaria tuvo su laboratorio el 28 de junio en Honduras, donde grupos de poder nostálgicos del fascismo dieron al traste con un proceso democrático y nacionalista orientado por José Manuel Zelaya, presidente derrocado de manera impune con la bendición de Barack Obama y la connivencia, entre otros, de Álvaro Uribe.

Estimulados por este experimento, los grupos oligárquicos ecuatorianos, organizados políticamente en una amplia gama de partidos de derecha y ultraderecha como Sociedad Patriótica, del ex coronel Lucio Gutiérrez, estuvieron detrás de la asonada.

Los reclamos laborales del sector de la Policía insubordinado fueron sencillamente una disculpa. Las élites ecuatorianas, desesperadas por su pérdida de terreno, tratan de desestabilizar el Gobierno de Correa. No solamente buscaron pescar en río revuelto, sino que auparon la acción policial y trataron de conducirla hacia el derrocamiento del Jefe del Estado.

Ante la valerosa actitud de Correa, quien enfrentó personalmente al grupo sedicioso para desvirtuar sus reclamos, el mandatario fue agredido y luego secuestrado en el hospital militar a donde fue llevado para ser atendido de las afecciones causadas por granadas de gases lacrimógenos y golpes lanzados contra su humanidad por los policías.

Pero en la marcha de los acontecimientos, y ante la falta de respaldo en la mayor parte de la Policía y del Ejército, los golpistas, azuzados o como parte de una estratagema mayor, intentaron asesinar a Correa en el momento en que era liberado por fuerzas leales de las dos armas, en la noche del 30 de septiembre, como lo denunció el mismo Presidente.

Evidencia de ello son los cuatro balazos que impactaron en el parabrisas y en un costado de la camioneta en la que era evacuado el mandatario durante la operación de rescate, en el marco de la cual murieron por disparos de los sediciosos un policía y dos militares leales.

Todo indica que los golpistas tenían apostados francotiradores en inmediaciones del centro asistencial para atentar contra Correa, y ellos habrían hecho parte de los que recibieron con cerrada descarga de fuego a las fuerzas especiales que liberaron al Presidente.

Horas antes había sido asesinado por los golpistas el estudiante universitario Juan Pablo Bolaños, de 24 años de edad, quien participaba, al lado de miles de ecuatorianos, en una marcha que a lo largo de varios kilómetros se desplazó desde el centro de Quito hasta el hospital donde se hallaba Correa.

La calle, determinante

Esta y otras movilizaciones del pueblo ecuatoriano tuvieron una incidencia determinante en la derrota del golpe, pues a diferencia de lo que había ocurrido en otros levantamientos, como los sucedidos contra Jamil Mahuad y el mismo Lucio Gutiérrez (en los años 2000 y 2005, respectivamente), esta vez el pueblo no estuvo en las calles para respaldar una rebelión sino para rechazar un golpe de Estado.

En casi cuatro años de mandato, Correa ganó cinco elecciones, lideró el cambio de la Constitución, orienta transformaciones sociales y políticas en beneficio de la mayoría de la población y conserva el 78% de respaldo de la opinión pública. [1]

Los ecuatorianos se movilizaron para apoyar al Presidente que la oligarquía pretendía defenestrar. En esta oportunidad la población no quería tumbar el Gobierno sino defenderlo.

Y ello seguramente incidió en la posición del Ejército, en principio vacilante, pero luego, ante la firmeza de la mayoría de la ciudadanía, de lealtad a Correa. Esta actitud resultó clave en la solución coyuntural de la crisis. Los golpistas se quedaron solos, sin respaldo del sector militar.

Pero la solución no ha sido definitiva. La amenaza sigue latente. La derecha del continente no duerme. Y la ecuatoriana sigue al acecho. Lamentablemente cuenta en esa tarea conspiradora con la colaboración de algunos sectores sociales y políticos que, de manera equivocada o con pleno conocimiento, les hacen el mandado.

Es lo que ocurre con parte del movimiento indígena Pachakutik que recibe financiación de organizaciones injerencistas gringas (las agencias Usaid y NED), y que el 30 de septiembre apoyó a los golpistas, como lo denuncia la investigadora social Eva Golinger.

Además, el intervencionismo estadounidense no ha cesado, a pesar de la valiente decisión de Correa de cerrar la base militar que el Gobierno imperial tenía en Malta, determinación que no le perdona y que aparece en el fondo de las maniobras de la CIA en Ecuador.

No es casual que uno de los tres coroneles que participaron en la conspiración, Manuel R. Rivadeneira Tello, sea egresado de la tristemente célebre Escuela de las Américas, situada actualmente en Fort Benning, Georgia, EE.UU.

Desde su fundación en 1946, en esa entidad fueron entrenados los peores torturadores y asesinos que dirigieron fuerzas armadas en los años de las dictaduras que asolaron a gran parte de los países del continente americano.

A la depuración de la mafia policial, como la denomina el editorial del periódico mexicano La Jornada, debe seguir el fortalecimiento de la más estrecha unión entre Correa y su pueblo, con la generación de mecanismos de poder popular en ciudades y campos.

Es la única forma de parar definitivamente la amenaza. La oligarquía del continente tiene en la mira las revoluciones democráticas y populares de Venezuela, Bolivia y Ecuador. No les perdonan que claramente hayan optado por las tesis y la filosofía del Socialismo del Siglo XXI.

[1] Rafael Correa fue elegido Presidente por primera vez el 26 de noviembre de 2006. Obtuvo el 57% de los votos y derrotó al candidato de la derecha ecuatoriana Álvaro Noboa. Su primer mandato comenzó el 15 de enero de 2007. Adelantados los comicios presidenciales por decisión de la Constitución recientemente aprobada, Correa ganó de nuevo en comicios celebrados el 26 de abril de 2009. Logró el 51,9% de los votos. Su segundo gobierno se inició el 10 de agosto de 2009 y culminará el 10 de agosto de 2013.

(*) Director de la revista virtual ¡PERIODISMO LIBRE!

luismena7@gmail.com.


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