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domingo, 3 de abril de 2011

13. Ensayo. Economía y sociedad (III)


La injusticia global

El FMI, el BM y la OMC constituyen la “santa alianza institucional” del capitalismo neoliberal. Son un poder situado por encima de los estados nacionales, con el objetivo de fundar una jurisprudencia de nuevo tipo, una lex mercatoria privada internacional.

Por José Arcadio Guzmán Nogales (*)
Una situación de injusticia generalizada y desigualdad social creciente (no solo entre el “centro” y la “periferia” de la economía mundial, sino también en el interior de cada economía nacional) y una grave fractura social y geopolítica, de concentración de la riqueza en unos pocos y proliferación de la pobreza en todo el planeta, es lo que nos queda del proceso de globalización neoliberal.

En el mundo actual, el patrimonio de las 10 mayores fortunas es de 133.000 millones de dólares, que equivale a más de 1,5 veces el ingreso total de los países subdesarrollados, mientras 1.500 millones de seres humanos famélicos sobreviven con menos de un dólar diario, sin agua potable y sin acceso a los medicamentos esenciales; lo que provoca, cada año, la muerte de millones de ellos. Por eso la esperanza de vida en los países opulentos es de 78 años, mientras en los países paupérrimos es de 38.

Las mujeres y los niños son las víctimas preferidas de la globalización neoliberal. Actualmente, alrededor de 250 millones de niños, la mitad de ellos menores de 14 años, trabajan en condiciones miserables. Además, las mujeres representan la mitad de la población mundial y por su cuenta y riesgo proporcionan los dos tercios del trabajo planetario, pero solo devengan una décima parte del ingreso total. La mayor parte del trabajo de las mujeres es gratuito y no es contabilizado en las estadísticas económicas.

Muy especialmente, la mujer está sometida al proceso de proletarización destructiva o “flexibilización laboral”, impuesto por las políticas neoliberales impulsadas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Dichas políticas la obligan a realizar trabajos remunerados cada vez más precarios y, al mismo tiempo, la fuerzan a desempeñar cada vez más trabajos no remunerados, como consecuencia de la reducción de los derechos sociales y de la privatización de los servicios públicos esenciales.

Como ejemplo terrible podemos observar la situación de 850 zonas francas de exportación, también llamadas “sweats shops”, “talleres de sudor” o “maquilas”, de las empresas transnacionales. El 90% de sus trabajadores son mujeres cabezas de familia, que cada día son recluidas en estos verdaderos campos de concentración laboral para trabajar duro y ganar poco. De ahí que la pobreza sea fundamentalmente femenina, y de mil millones de analfabetos que existen en el mundo, 538 millones son mujeres.

A la par que la injusticia global, también se extiende el capitalismo neoliberal que la origina y que atenta contra la biosfera y amenaza a las generaciones futuras. Si este capitalismo depredador continúa haciendo metástasis en el planeta, requerirá, en el año 2050, de los recursos naturales de ocho planetas más para poder sustentar la vida de 10.000 millones de personas, que para ese entonces, se supone, habitarán la tierra.
Para mantener la Pax romana en todo este desorden, son indispensables las políticas que limitan la soberanía nacional de los países subordinados y las libertades y derechos de sus ciudadanos. En la mayoría de los países “periféricos”, la capacidad decisoria de sus instituciones en materia de política económica, ha sido usurpada por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio. Como consecuencia, los ciudadanos “nacionales” han quedado relegados a la condición de súbditos de los organismos internacionales, y obligados a aceptar una democracia restringida y reducida a la ecuación: democracia = mercado libre.

Desplazados por el neoliberalismo
Mientras tanto, en los países empobrecidos la televisión muestra agresivamente el nivel de vida de los enriquecidos y como el país propio no tiene nada que ofrecer aparate de pobreza, las nuevas generaciones se disponen a emigrar: son los desplazados del neoliberalismo. Pero a los que cruzan a nado el río Grande hacia Estados Unidos, un país no con pocas dificultades económicas, les va muy mal; y a los que atraviesan en balsa el Mediterráneo hacia Europa, una región con altas tasas de desempleo, les va peor.

Los países “desarrollados” se cierran, niegan las visas y los permisos de trabajo, y sus ciudadanos, acosados por el miedo a perder su empleo, desarrollan una abierta hostilidad contra todo lo extranjero, y buscan la salvación en la xenofobia y el separatismo. Entonces, arde París y se recalientan las calles de las urbes norteamericanas.

Todo lo anterior implica la militarización del mundo. Las guerras son cada vez más frecuentes, y los mercaderes de la muerte se benefician de la producción y el comercio de todo tipo de armas, incluyendo minas antipersonales; con el consiguiente aumento exponencial del porcentaje de víctimas civiles en los conflictos bélicos: si en 1900 era de un civil por ocho militares, ahora es de 10 civiles por un militar. La escalada armamentista sirve para reforzar la industria militar en los países del “centro” (el 63% de los gastos militares mundiales corresponde a los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, Otan) y sobre todo, para fomentar una cultura de la “seguridad” y de la violencia, en detrimento de las libertades básicas de expresión, asociación y manifestación. Es decir, en detrimento de la Democracia y del Estado Social de Derecho.

La responsabilidad de toda esta injusticia es atribuida, fundamentalmente, al bloque dominante mundial. Dicho bloque está conformado por las grandes instituciones financieras y empresas transnacionales, así como por los gobiernos de las potencias agrupadas en el G-8 (Estados Unidos, Canadá, Reino Unido de Gran Bretaña, Alemania, Francia, Italia, Japón y Rusia) y los organismos “globales” a su servicio: Fondo Monetario Internacional, FMI; Banco Mundial, BM; Organización Mundial del Comercio, OMC.

El Fondo Monetario Internacional, establecido en 1947, ha ido convirtiéndose en un celoso guardián de las políticas económicas de la mayoría de los países endeudados; para someterlos a las directrices neoliberales de los programas de “ajuste estructural”, que concentran la riqueza y difunden la pobreza. El Banco Mundial, fundado en 1944, a partir de los años setenta, se alinea con el FMI. Sin embargo, pretende aparecer como la cara “blanda” del neoliberalismo, con una retórica vacua de lucha contra la pobreza, a través del apoyo a las ONG interesadas en promover proyectos en el Sur.

El doble rasero
La Organización Mundial del Comercio, fundada tras los Acuerdos de Marrakech en 1944, no es ni más ni menos que el instrumento necesario para promover la liberación comercial de “doble rasero”: proteccionismo en el Centro y apertura en el Sur. Su funcionamiento, al margen de las obligaciones de la Carta de las Naciones Unidas o de la Declaración Universal de Derechos Humanos, convierte a la OMC en un foro de presión sobre los países del Sur para que adapten la libertad de mercado: la de la “zorra en el gallinero”. Esto es lo que se expresa en sus diferentes “acuerdos”: 1) Acuerdo sobre Obstáculos Técnicos al Comercio (OTC) y el de Medidas Sanitarias y Fitosanitarias (SPS), que no aceptan el principio ético-científico de precaución; 2) Acuerdo sobre Derechos de Propiedad Intelectual ligados al Comercio (Adpic o Trips), que pretenden proteger las patentes del conocimiento al menos durante 20 años; 3) Acuerdo sobre Agricultura, que quiere seguir favoreciendo el acceso de productos del Norte en el Sur, y 4) Acuerdo General sobre Comercio y Servicios (Gats), que aspira a facilitar la privatización de servicios públicos básicos como la educación y la salud y a eliminar los subsidios estatales a los mismos, para favorecer en esos sectores la penetración de las transnacionales.

El FMI, el BM y la OMC constituyen la “santa alianza institucional” del capitalismo neoliberal. Son un poder situado por encima de los estados nacionales, con el objetivo de fundar una jurisprudencia de nuevo tipo, una lex mercatoria privada internacional; que garantiza la rentabilidad de las grandes empresas transnacionales, liquida las esperanzas democráticas del Sur y perpetúa la injusticia global.

(*) Economista de la Universidad del Valle (Colombia), magister en economía del Cide de México. El texto apareció originalmente en la revista Fonvalle Informa, del Fondo de Empleados Docentes de la Universidad del Valle, edición No. 19, julio de 2006, pp. 8-10

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