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domingo, 3 de abril de 2011

5. Editorial. Corrupción horada conciencia nacional

El imperio del ‘CVY’

*Durante el gobierno de Álvaro Uribe creció el fenómeno de la corrupción. Los pulpos de empresarios privados concentraron la mayoría de los contratos de obras públicas. Urge reaccionar, pero sin ceder de nuevo ante el clientelismo.

*En Colombia la corrupción parece haber copado la conciencia de muchos ciudada­nos, que en el discurso la repudian, pero que en la práctica, a la hora de resolver los dilemas éticos, terminan claudicando ante ella.

Por la Redacción de Paréntesis (*)
La corrupción en Colombia se consolida como un pulpo gigante que con sus ten­táculos logra tocar las más grandes esferas del país. Semana tras semana estallan escándalos en temas como contratación y malversación de fondos en entidades públicas y privadas.

Todo indica que los intereses de unos pocos priman sobre el bien general. Casos como el carrusel de la contratación en Bogotá se extienden por todo el país.

La subcultura de la corrupción ha per­meado las entidades estatales convirtien­do la sigla CVY (“¿Cómo voy yo?”) en un común denominador de los funcionarios de estas entidades.

Casi no hay contrato estatal en el que el funcionario de turno no cobre “peaje” (el CVY). Y, lamentablemente, casi no hay contratista que no lo pague.

El fenómeno más lamentable es el de la empresa de contratación con el Estado montada por los ya tristemente célebres hermanos Nule, que convirtieron las arcas públicas en su cajero personal.

Lo ocurrido con ellos podría ser consi­derado como el ejemplo tipo del modus operandi de muchos empresarios privados que tienen en la contratación con el Estado la mina de oro para su enriquecimiento, sin cumplir con las obras que se comprometen a ejecutar y tejiendo una red de complici­dades con funcionarios de las más disímiles entidades que patrocinan sus conductas.

Hasta la Justicia entró en ese juego, pues no de otra forma se puede explicar que los Nule hayan montado su cuartel general en las costas de Miami, y que la Procuraduría y la Corte Suprema trasladen a sus funciona­rios hasta allí para escuchar sus mentiras.

Durante los ocho años del gobierno de Álvaro Uribe esta clase de negociantes encontró el escenario propicio: las denun­cias demuestran que verdaderos pulpos de la misma índole de los Nule se han repar­tido el apetitoso pastel de la contratación de obras públicas en todo el país.

Cali no escapa al comportamiento antiético e ilegal: las denuncias sobre irre­gularidades en la Administración Municipal crecen, de manera especial en relación con obras como la remodelación del esta­dio Pascual Guerrero, sobre las cuales la Fiscalía investiga presuntos sobrecostos multimillonarios.

En Colombia la corrupción parece haber copado la conciencia de muchos ciudada­nos, que en el discurso la repudian, pero que en la práctica, a la hora de resolver los dilemas éticos, terminan claudicando ante las ofertas del dinero temporalmente fácil.

Lo que ocurre en la Universidad Santiago de Cali, así a algunos no les guste escuchar esto porque son partidarios de la política del avestruz, es reflejo de los males nacio­nales. Allí, el clientelismo y el despilfarro han sumergido al alma máter en una profunda crisis.

En la Usaca los escándalos que se cono­cen son apenas la punta de iceberg. Un hueco fiscal que asciende a más $60.000 millones, el atraso en pagos de EPS y pen­siones y el no pago oportuno de nómina a docentes y trabajadores son apenas aspectos sobresalientes de una situación que amenaza con paralizar la Universidad.

Es hora de reaccionar, pero de verdad, con honestidad, no para volver a claudicar ante el halago clientelista y politiquero. No más palabrería hueca.

(*) Editorial del periódico Paréntesis, edición No. 14, marzo-abril de 2011, pág. 2. 

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